Un ’iceberg’ llamado acoso escolar

“Pensaba que no valía nada. Y que para qué seguir viviendo”. Todos los días, durante meses, a Y. le pegaban unas compañeras de instituto, hasta que le rompieron un brazo. Esa noche, se tomó un montón de pastillas. Tenía 12 años. Hoy es una joven que lucha por quererse. Alguien que ha sobrevivido a una plaga dominada por el silencio que empieza a perfilarse, igual que hace unos años la violencia machista. Se trata del acoso escolar. Cuatro de cada 100 alumnos de secundaria han sido agredidos y la mitad de ellos ha presenciado cómo ignoran, pegan o amenazan a sus compañeros. Cualquiera puede ser víctima. Y se trata, dicen todos los expertos, de desenmascarar al agresor. De dejar de ser cómplices.


ANA ALFAGEME y CHARO NOGUEIRA – Madrid

Estudiaba duro. Quería ser fiscal. Pero el sueño inmediato de Cristina, a sus 16 años, era viajar a Estados Unidos. Sus padres denuncian que tres compañeras de colegio la zaherían constantemente. En Navidad, presentaron una denuncia por agresiones. Y después, dicen, todo siguió igual. El colegio lo niega. Pero si su familia está en lo cierto, Cristina, que saltó de un puente de 25 metros el martes en Elda (Alicante), constituiría una punta de iceberg, la segunda en ocho meses, que retrata el intenso dolor de aquellos niños y adolescentes que sufren agresiones constantes por parte de sus compañeros de aula: es decir, que están sometidos a acoso escolar o bullying. Tanto Cristina como Jokin, el adolescente de 14 años de Hondarribia (Guipúzcoa) que se suicidó en septiembre, buscaron la misma salida: se lanzaron al vacío.

Ambos casos han funcionado como aldabonazos en la conciencia social, dicen los expertos. Igual que ocurriera con la violencia machista tras la muerte, en 1997, de Ana Orantes, hoy el acoso escolar empieza a definirse, a preocupar. No es que haya más violencia, dicen los conocedores del bullying. Si acaso, mantienen algunos, se ha vuelto más grave. Pero todos convienen en que se hace más visible. “Estamos levantando la cortina que deja ver el problema”, dice Rosario Ortega, catedrática de Psicología del Comportamiento, una de las primeras estudiosas del tema en España, “hay muchos casos, sí, pero no una epidemia”.

Dos datos sobre un silencio que se rompe: el Defensor del Menor de Madrid recibió 18 quejas por acoso en 2003, mientras que en 2004 fueron más del doble: 42. En el Teléfono del Menor de la Fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo) se dispararon las llamadas por bullying (del 2% al 9%) en el último trimestre de 2004. Lo que sigue son algunas claves del fenómeno:

-  Una definición. “Si a un chaval le machacan a diario, si nadie le habla, si no juegan con él, todo se convierte en algo oscuro”, dice Javier Urra, psicólogo de la Fiscalía de Menores de Madrid y ex Defensor del Menor de esa comunidad. El acoso escolar no es un conflicto puntual o una pelea en el patio del colegio. Se trata de un juego perverso de dominio de unos compañeros sobre otros que se mantiene en el tiempo.

-  Las causas. Hay varios motivos, dice la catedrática María José Díaz-Aguado, y destaca uno: la incoherencia de la sociedad frente a la violencia. Aunque ésta se condene, se toleran agresiones menores y cotidianas. Y los niños están expuestos ahora a comportamientos agresivos más extremos, desde los videojuegos a la televisión.

-  Cuántos lo sufren. Tres de cada 10 alumnos de la ESO dicen haber padecido insultos, el 8,5% ha sido amenazado, y el 4,1%, agredido, según un informe del Defensor del Pueblo de 2000 (ver gráfico de la página siguiente). La edad crítica se sitúa entre los 11 y los 15 años. La experta Ortega aporta algunas precisiones: entre el 15% y el 35% de los alumnos se involucra en actitudes y comportamientos intimidatorios, abuso de poder y exclusión, “algo frecuentemente tolerado”. Entre el 2% y el 15% puede ser víctima o agresor de violencia prolongada y cruel. Es algo “grave y oculto”. Hay más chicos que chicas implicados, en proporción de 5 a 1. Y ocurre en lugares no supervisados por los adultos (patios de recreo, pasillos, entradas y salidas). Pero también las aulas son escenarios de violencia “mal interpretada y a veces tolerada por los profesores”.

-  Quién lo sufre

. Todos pueden ser víctimas con tal de que sean elegidos por el agresor. Corren más riesgo aquellos que tienen necesidades educativas especiales, los de minorías étnicas desfavorecidas, los extranjeros o los chicos que no coinciden con el estereotipo machista, dice Díaz-Aguado.

-  Quién acosa. “Prepotentes, con buenas habilidades sociales, fríos emocionalmente y, en algunos casos, víctimas de violencia doméstica”, dictamina Ortega. “Se trataría de un líder, pero en negativo”, explica Urra, “el que se dice: no se me dan bien los estudios, quiero que me respeten, voy a escoger a alguien diferente, que baja los ojos, que sufre”.

-  Los padres. “Existe un problema de convivencia que nos preocupa de forma creciente”, asegura la presidenta de la confederación de padres laicos, Ceapa, Lola Abelló. Cree que se debe fomentar la educación para la resolución de conflictos desde la etapa infantil y la implicación de los padres en la escuela. “Los padres delegamos el cuidado de nuestros hijos en el colegio y los profesores porque estamos convencidos de que hay vigilancia sobre ellos”, dice Luis Carbonell, el presidente de la Confederación Católica de Padres de Alumnos (Concapa).

-  Los profesores. “Hay más sensibilización entre los docentes en los últimos meses”, dice el director de un instituto de Madrid. “Antes venían los chicos que querían estudiar. Ahora, al ser obligatoria la enseñanza hasta los 16 años, en nuestras aulas hay alumnos desmotivados. Eso aumenta los problemas. Encima, los niños están siendo educados de otra manera. El padre no es capaz de hacerse con sus hijos”.

-  Qué hacer. “¿Qué dice cualquier padre al hijo que le cuenta que alguien le pega? Pues que devuelva el golpe, que se defienda. Ahí está la primera contradicción”, dice Díaz-Aguado. “La escuela tendría que funcionar como el estado de Derecho: se detiene la violencia, se protege a la víctima y se castiga al agresor. Eso sería lo coherente”. El psiquiatra Luis Rojas-Marcos es contundente: “Tolerancia cero al acoso y al encubrimiento en los colegios. Hasta con carteles”.

Se debería disponer de un detector que pare en seco las agresiones. Ortega destaca la que tienen desde este trimestre las escuelas del País Vasco: los inspectores han dejado una herramienta para documentar el acoso y alertar a la inspección. Y habría que prevenir: muchas comunidades tienen programas experimentales para educar en la convivencia. Educación pretende, además, que con la nueva ley se refuercen las tutorías y que se incorporen especialistas en resolución de conflictos.

¿Y qué deben hacer los padres para detectar el acoso escolar? Si su hijo suele acudir encantado al colegio y de repente no quiere ir, hay que averiguar por qué, dice la profesora María José Díaz-Aguado. Otro indicador sería que en casa deje de hablar de sus amigos súbitamente o que prefiera no salir al recreo. “Y hay que observar si está más triste o si duerme peor. Los niños lo vomitan todo por la noche”, concluye una maestra que también es madre.

No te calles, únete

“El adolescente calla. Porque queda como un calzonazos o un chivato; pero el niño chilla”, dice una maestra experimentada, “por eso es más fácil, creo, detectar el acoso escolar en la primaria”. Entre un 15% y un 20% de los adolescentes que sufren acoso en el colegio no se lo dice a nadie, según un informe nacional del Defensor del Pueblo difundido en 2000.

La pubertad instaura el terror a ser señalado como chivato. Es el momento de convertirse, en muchos casos, en testigos cómplices y mudos de los manejos de los agresores, dicen los expertos, algo que perpetúa el maltrato. “Hasta los nueve o 10 años, es la opinión del adulto la que cuenta, la pregunta constante de ’seño, ¿está bien?’ Desde los 11 a los 18 años, si algo te importa es que no te rechacen tus iguales”, explica Rodrigo García, asesor del Defensor del Menor de Madrid. “Haces lo imposible para que no te dejen de hablar. Quieres ser valioso, prestigioso, tener amigos. Te callas porque temes que los agresores te hagan lo mismo. Lo que hay que hacer es animar a que cualquier chaval que lo pase mal lo pueda decir. Así, el violento se queda solo”.

La investigadora Rosario Ortega insiste en el papel fundamental del chaval que es espectador de las vejaciones a sus compañeros: “Si mira hacia otro lado, alimenta el fenómeno, el agresor se siente cada vez más impune y la víctima, más sola”. “Lo más mencionado por los agredidos”, destaca la catedrática María José Díaz-Aguado, “es el aislamiento. Y por eso es muy importante romperlo. Por ejemplo, con adultos en los que el adolescente pueda confiar”.

Porque, ¿a quién acuden los chavales que sufren acoso? A los amigos, sobre todo. El 60% lo hace, dice el informe del Defensor del Pueblo. Luego, a la familia (35%-40%) y a los profesores (10%-15%). Pero, de nuevo, uno de cada cinco no se lo cuenta a nadie.

Así que el silencio es norma. “Por una parte, la víctima se culpa de lo que le hacen, lo considera una debilidad y no lo dice”, describe el psiquiatra Luis Rojas-Marcos, “por otra, los testigos callan porque en esas edades la fuerza del grupo es extraordinaria y luego están los profesores, que o lo niegan o no lo ven. No están preparados para reconocerlo y combatirlo”.

Javier Urra, ex Defensor del Menor de Madrid y psicólogo de la Fiscalía de Menores, toca a rebato: “Hay que hacer una gran llamada a los chicos, decirles: ’No seáis cobardes’. Hay que montar grupos no para machacar, sino para defender”.

“En el momento en el que el niño habla, la historia se rompe. El acosador se siente desenmascarado. Y eso hay que enseñarlo desde la infancia”, concluye la misma maestra, “los críos tienen que distinguir lo que es ser un chivato y lo que no. El chivato es el que dice: ’Pepito ha sacado el tamagotchi’. Pero pedir ayuda es denunciar que alguien te está insultando o decir que a Pepito le quitan el estuche o la mochila y le están amargando la existencia”.

Fuente: El País


Por Ana Alafageme y Charo Nogueira

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