Tania Cárdenas, ser maestra en Durango (Mexico)

“Abran su libro, y busquen la lección ‘La Tierra de Arena’ ”, se escucha en el salón.

Una niña levanta el Libro Integrador. “Es éste, el de Lecturas; ése no, Karen”, corrige la maestra.

-  ¿Qué número de lección es?, le pregunta a otro niño; éste tarda en responder, y otra mano se levanta para pedir la palabra y se la dan: “la 27, maestra”.

-  ¿En qué página está?, le pregunta a otro niño. “En la 177”, es la respuesta.

Y empieza la lectura, al unísono, en donde sobresale la grave voz de la docente: “Hace mucho tiempo sólo existía el mar y el cielo…”, y mientras sigue la lectura camina entre las mesas.

Éste es sólo un rato en una salón de clases, que se repite en cualquier otro salón de cualquier otra escuela. En las cuatro paredes los ojos de los pequeños se centran en esa figura que permanece parada, que camina, que cede o quita la palabra, que da turno, que ordena, que pide, que reprende, que aconseja, en fin, que contribuye a la formación de un niño.

La maestra es Tania Cárdenas Ortiz, que forma parte de los 27 mil maestros que diariamente tienen la responsabilidad de la educación y aprendizaje de los alumnos a su cargo.

Ella es madre de tres niños, egresada de la Benemérita y Centenaria Escuela Normal del Estado, hace diez años, y que como todos los docentes tuvo que hacer méritos, primero cubriendo interinatos en escuelas del medio rural, para conseguir una plaza, y ganar cuando mucho dos mil 300 pesos a la quincena.

Tuvo que “ranchear” para generar esos derechos, y le tocó estar en sustitución en sus inicios en la escuela No. 20 “Miguel Hidalgo”; para conseguir una plaza tuvo que ir al poblado La Ochoa, cercano a Villa Unión, Poanas; posteriormente logró acercarse a una escuela de Vicente Guerrero, después al poblado Ignacio López Rayón y Navacoyán del municipio de Durango.

Tiene apenas un ciclo escolar completo y lo que va del presente, 2004-2005, en la escuela primaria No. 1 Olga Centeno, en donde curiosamente estudió el quinto y sexto grados, y la Directora actual fue su maestra de clases.

Cuando empezó a trabajar recuerda que ganaba apenas mil 300 pesos, pero en el caso de los interinatos, el pago sale mucho después de haber laborado.

Recuerda que para ir a La Ochoa tenía que salir de Durango un sábado o un domingo a las tres de la tarde, y para arribar a su destino tardaba tres horas, considerando que tenía que llegar primero a Villa Unión, y posteriormente viajar de “raid”, otros 20 minutos, por un camino de terracería.

De su sueldo tenía que pagar 30 pesos de aquel entonces del autobús. Tiene bellos recuerdos de las personas que la asistían, entre ellas a la maestra Sofía Arámbula, que era docente de preescolar.

Así se la pasó un año, hasta que poco a poco comenzó esa búsqueda por acercarse a la capital. En el campo conoció la escasez económica, la falta de cultura y educación, la emigración de los jóvenes hacia Estados Unidos en busca de un mejor futuro.

Sobre su salario, señala que es bajo, a pesar de que toda la gente pudiera pensar que no. Reconoce que hay compañeros que ganan más que ella, porque están en Carrera Magisterial, programa al que no ha podido ingresar porque no aparece en las listas y la insistencia por participar en las diferentes actividades como son cursos, exámenes, talleres.

A pesar de que estuvo comisionada en un programa de lecto-escritura, volvió al pizarrón y al gis, porque es su pasión y vocación.

Esos niños que atiende son el primero “A”, y aunque su salario no corresponde a la función profesional que desempeña, sigue adelante, con la estrechez de su sueldo que complemente el gasto familiar, y de donde en ocasiones aporta para la compra de materiales didácticos.

Oficialmente, dice, un maestro en su quincena recibe 26 pesos para materiales, lo que obviamente no alcanza para nada, porque se gastan en un solo día.

Y por el sueldo, además de las cinco horas que pasa frente a grupo, fuera de él, en su casa tiene que preparar clases, materiales, evaluar, etc.

Son sólo minutos los que tiene para platicar parte de su vida y de su quehacer profesional, y regresa a su salón, a sus lecciones.

Fuente: El Siglo de Durango

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