Rap para la tragedia brasileña

+ Fot. MV Bill en Barcelona. TEJEDERAS


Por Carlos Galilea

Nadie lo había contado desde la pequeña pantalla con tanta crudeza: niños y adolescentes que viven de noche, portan radiotransmisores y fusiles AK-47 casi más grandes que ellos, y trabajan en el negocio de las drogas. Los brasileños lo sabían: se puede leer prácticamente a diario en los periódicos, pero nunca habían visto y escuchado a sus protagonistas.

Falcão os meninos do tráfico (Halcón, los niños del tráfico) se emitió el 19 de marzo en el Fantástico de la cadena Globo, el programa de televisión de mayor audiencia en Brasil. Provocó una conmoción. “Lo vieron cien millones de personas. Al mostrar el asunto desde otra óptica, con la mirada del que está dentro, cabía la posibilidad de desencadenar una gran discusión sobre las favelas”. La clase media descubría una gigantesca favela de excluidos llamada Brasil. “Más que mostrar esa realidad, el documental dice: ’o compartes tu riqueza o vas a continuar padeciendo las consecuencias de esta miseria que estás ayudando a generar”.

MV Bill ha estado esta semana en España invitado por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) para participar en el debate sobre Izquierdas urbanas. Segregación y contracultura en Brasil. Allí se ha proyectado el escalofriante documental de MV Bill y Celso Athaíde. De los 17 niños y adolescentes que aparecen han muerto 16. En una escena, unos críos juegan a ejecutar a un supuesto delator. “Si muero viene otro, mejor o peor”, dice uno. “A principios del año pasado supe que uno de ellos no estaba muerto sino en prisión. Lo primero que le pregunté fue si su sueño aún seguía vivo. Tienen sueños de niños de favela: ser futbolista, cantante… Sergio no, él quería ser payaso. Ahora estudia en una escuela de circo y ha sido acogido por una familia. Ya habla y se comporta de otra manera”.

MV -por el Mensajero de la Verdad que le pusieron con 14 años- Bill se llama en realidad Alex Pereira Barbosa. “Hoy sería más bien ’Mi Verdad”, dice sonriendo, “porque la verdad es un asunto muy complejo. Puede incluso que sea una gran mentira”. Nació hace 32 años -y aún vive allí- en Cidade de Deus, favela carioca cuyo nombre se hizo famoso por la novela de Paulo Lins y la posterior película de Katia Lund y Fernando Meirelles. Hubo cierta polémica cuando declaró que la película quizá ganara el Oscar, pero que la comunidad sólo iba a llevarse el de la violencia. “Muchos sociólogos estaban discutiendo sobre la realidad basándose en una historia de ficción. Todo aquello empezó a causarle un estigma aún mayor a Cidade de Deus. La policía comenzó a tener actuaciones más violentas y algunas personas perdieron sus empleos cuando se descubrió que vivían en la favela. La película ni siquiera fue proyectada en la comunidad. No hubo contrapartida. Aunque fuese una piscina llena de mosquitos del dengue”, dice sarcástico.

Favela, comunidad, periferia… El nombre es lo de menos. “Un conjunto de personas en condiciones precarias que son vistas como basura, escoria de la sociedad. Hay estadísticas según las cuales el 99% de sus habitantes son gente de bien”, dice. La madre es una constante en los testimonios de los chicos. “La mayoría no tienen padre o no lo conocen. Saben que no van a vivir más de 18 años y que dejarán una viuda de 13 o 14 con otro niño a cuestas. Las madres tienen que trabajar fuera ocupándose de los hijos de los ricos y dejando a los suyos solos. Y quien los cuida es el tráfico”.

Son invisibles fuera de la favela. Falta de autoestima. Pero con un arma en la mano son alguien. “El machismo determina las funciones de las mujeres: madre, viuda, boqueteira -la que intercambia servicios sexuales por drogas-… Estamos preparando un libro sobre eso: Falcão, el delito con faldas”. Sabe que la favela no necesita más policía sino un escuadrón de médicos, profesores… “En Brasil la educación no es una prioridad. A veces uno oye a las élites decir que uno es violento y que la favela lo es, pero violencia es condenar a las personas a vivir en aquellas condiciones”.

“Compras polvo de mis manos / después me insultas en televisión”, rapea. Por su videoclip Soldado do morro le acusaron de apología del delito. “Si hubiese tenido otro color de piel o pertenecido a otra clase social lo transformarían en arte”. El proceso continúa aún en la justicia. En 1999, en un concierto, sacó una pistola y la colocó sobre una sábana blanca. “Quise mostrar que estoy a favor del desarme, pero no fui comprendido”. Luego alegó que la pistola era de mentira.

MV Bill ya había estado en Barcelona. En el Forum Mundial de las Culturas, en una noche dedicada al rap. “Comprobé que había un montón de gente en el mundo usando el lenguaje del hip hop para hablar del desequilibrio social”. Autor de los discos Traficando informações (1999), Declaração de guerra (2002) o Falcão o bagulho é doido (2006), cuenta que “el hip hop es una música marginada en las radios de Brasil. Sí se escucha en cambio el de los norteamericanos. El presidente de una gran cadena comentó que los programaban porque la gente no entiende lo que dicen y que es mejor para bailar. Funcionan los canales alternativos. Llevar los discos personalmente a los locales”.

Explica que, en Brasil, cuanto más oscura sea la piel, mayor discriminación. “Fruto de una esclavitud física y mental. Estoy peleando por romper todo esa mierda. Es lo que más me seduce de mi trabajo: incomodar a los que tienen posicionamientos racistas. Si pensaban que había un lugar predeterminado para el negro, se equivocaban”, afirma. “Le dije a Lula que la tragedia que mostramos no es cosa de su Gobierno o del anterior. Al final de la esclavitud el país se dividió en dos sociedades: la del bienestar y la de la miseria. Pero la podredumbre creció tanto que se ha transformado en un monstruo”.

MV Bill es uno de los fundadores de la Central Única de Favelas (CUFA), “una institución que nos permite llevar a cabo lo que decimos”. Promueve cursos audiovisuales, talleres de grafiti y teatro, baloncesto, y sólo en Cidade de Deus hay 70 ordenadores conectados a Internet. Cuentan con apoyos como el de Caetano Veloso -“está siempre con nosotros. Ya fue a dar clases sobre bandas sonoras, a hablar sobre la dictadura, de las metáforas de sus canciones cuando no tenía la libertad que hoy tiene el hip hop”- o Ronaldo -“nos ayudó a construir la sede de la CUFA. Organizó un partido con Zidane para recaudar fondos”-.

“Mi trabajo no incomoda. Saco a un joven del tráfico y hay 50 entrando. Nuestro equipo va perdiendo por goleada. Estábamos conversando con un gerente

[persona que controla las finanzas de los traficantes] y llegó una niña de unos 16 años con una barriguita hinchada llevando de la mano al novio. Pidió hablar con el gerente y le dijo: ’El muchacho está desempleado, y ya ve que estoy embarazada, quería saber si no habría algo para él’. Lo más terrible fue la respuesta: ’Ahora no hay plazas, cuando quede alguna libre te llamo”.

Una diversión de pobres

En las favelas de Brasil se puede oír samba, reggae, forró, axé o hip-hop, ese canto hablado que se expresa a través de artistas como Marcelo D2 o MV Bill. Y los anunciantes de televisión han descubierto ahora la eficacia del hip-hop y del funk carioca como banda sonora para sus campañas internacionales. Un funk procedente del Miami Bass, adoptado por Río de Janeiro, que lo abrasileñó con tambores de candombe y macumba. Una mutación de otras mutaciones en manos de pioneros como DJ Marlboro. Las letras son explícitamente sexuales en unos bailes nocturnos en los que reina el MC -también llamado rapero o rimador-. Calor terrible, un sonido metálico ensordecedor, bajos que retumban dentro del cuerpo… Un cartel prohíbe la entrada a las embarazadas. El funk carioca se ha desarrollado en esas favelas de Río que la mayoría de los habitantes de sus barrios acomodados no pisarán jamás. Aunque sus hijos sí lo hagan los fines de semana atraídos por el poderoso sonido que escupen los altavoces. Los bailes han sido objeto de la crónica de sucesos. Y algunos diarios llegaron a pedir su prohibición.

No es la primera vez que se reprime una expresión de la cultura popular: ocurrió con la samba en sus inicios. El antropólogo Hermano Vianna escribió: “Vosotros que no habéis puesto los pies en un baile funk, no se por qué lo odiáis. Quizá por ser una diversión de pobres”. A principios de los años setenta llegó a las favelas el black power. Los negros brasileños copiaron los peinados y ropas de sus primos del norte. Y sus bailes fueron inundados por I feel good, Sex machine o Say it loud (I’m black and proud), canciones que amplificaban equipos como el de Soul Grand Prix. En un baile de domingo, en el antiguo orfanato de Cidade de Deus, mientras sonaban Otis Redding y Marvin Gaye, se conocieron Cristina y Juca, los padres de MV Bill.

Fuente: El País


El popular músico brasileño MV Bill retrata en un documental la condena de los niños de las favelas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *