Policía de escuela

Un día con los agentes que trabajan en la resolución de conflictos de los institutos revela los problemas a los que se enfrentan los profesores y directores de los centros escolares. Reportaje publicado en El País.

* Fotografía: Un amigo consuela a Michael en el instituto mientras la agente tutora rellena la ficha con los datos del muchacho. (RICARDO GUTIÉRREZ)


En un viaje de rutina por el distrito los agentes tutores descubren a Michael perdiendo el tiempo en el parque. Uno de ellos, Alberto, se acerca a él en la moto mientras los amigos del chaval salen huyendo. ¿Por qué no está Michael en el instituto? El chico se echa a llorar; ya conoce a los agentes tutores y sabe el final de la película: de vuelta al instituto a dar explicaciones de su ausencia. En el coche de los agentes el muchacho lagrimea desconsolado, resopla, hipa, se tapa la cara con desesperación y una pizca de teatro: “No, por favor, que me van a poner un expediente disciplinario, que mi padre me va a mandar a mi país, por favor, yo quiero quedarme en España, por favor”, se retuerce.

La policía Antonia, una agente tutor del distrito madrileño de Usera, le habla en tono conciliador y sereno. Le pregunta su nombre (que en este reportaje aparece cambiado), su edad (“voy para los 15”), el instituto donde está matriculado, el trabajo de su padre, si tiene hermanos. Y va rellenando la ficha con todos los datos. El padre es emigrante y vive en España con su pareja, que no es la madre de Michael porque ella está en Sudamérica. El chico tiene aquí hermanos de una y otra mujer. Si se porta mal volverá con su madre, dice, y esta es la segunda vez que le pillan haciendo novillos. Pero ha hecho muchos más.

Los agentes tutores son policías municipales del Ayuntamiento de Madrid. Su actividad comenzó en abril de 2002 con 37 miembros. Ahora son 105 distribuidos por los distritos de la capital; unos trabajan en el turno de día, desde la apertura al cierre de los colegios, y los demás cubren el turno de tarde.

El coche sin distintivos de la policía para en la puerta del instituto de Michael, un centro del distrito Usera, al sur de Madrid. Los recibe el jefe de estudios. “Michael está repitiendo 1º de ESO, el año pasado no iba mal del todo, por eso decidimos que tuviera una segunda oportunidad. No sé en qué líos anda metido, no lo sé, pero este curso ha faltado mucho y va peor, creo que se está dejando llevar por algunos amigos, no lo sé”. El muchacho, todavía lloroso, levanta la vista hacia el profesor: “Voy bien en lengua y sociales”, dice.

En el instituto han intentado localizar a su padre “muchas veces” y no ha habido forma. Si procede la expulsión o alguna otra medida extraordinaria del estilo por absentismo, mal comportamiento o faltas acumuladas es necesario informar al padre. Pero las familias no siempre responden a la llamada del colegio. Por lo general se trata de esas familias con apellido eufemístico: “desestructuradas”. Sus imposibles horarios de trabajo o el desinterés más absoluto por los estudios de los hijos les convierten en invisibles. Por eso los agentes tutores de vez en cuando se prestan para llevar las notificaciones a casa de los alumnos. Hoy han decidido entregar una de esas cartas. Dejan a Michael recogido en el instituto y dirigen el coche hacia Orcasur, otro barrio de la zona, muy gitano. Por las ventanas se escuchan cantares. Es mediodía cuando Alberto pulsa el timbre y descubre detrás de la puerta la cara interrogante de una chica joven. Después aparece el padre y la madre, con un bebé, que aún no anda, colgado de su mano. Estas visitas les sirven a los agentes para completar datos sobre el entorno en que viven los niños. “Mi hijo es muy bueno, si el colegio tiene quejas yo también las tengo con el colegio, he ido varias veces y con asistentes sociales”, explica la madre, y se resiste a firmar el acuse de recibo. Los agentes, que no lo parecen por que no llevan uniforme, la convencen de que el papel no es más que una cita para que vaya al centro a hablar con los profesores. La mujer accede, por último.

Y vuelta al coche. De camino, otra parada: dos chicos caminan por la acera. “¿Qué hacéis, no es hora de clase?”. Los muchachos enseñan su carné a Alejandro, el tercer agente. Están en 4º de secundaria, son los días finales del curso, los exámenes. Tienen 16 años. A esa edad acaban las obligaciones de los agentes tutores y comienzan las del policía si se trata de asuntos que les competen. Los policías que les sustituyen por la tarde se encuentran con casos más serios: los estudiantes están ahora en la calle y las drogas, peleas, escapadas son más frecuentes. En horario escolar, sin embargo están controlados en los institutos, las puertas cerradas, la obligación de estar en clase. “Eso ha trasladado la gresca a la salida de los centros, porque hace unos años los chicos andaban sueltos por el patio, salían, entraban y ahora están controlados dentro”, dice el director del instituto Ciudad de Jaén, Rafael Fernández. La bronca suele empezar a la salida. Las pandillas de centros cercanos se esperan entonces. Cuando suena el timbre ya hay un coche de la policía aparcado a la puerta del instituto. Cada día.

Eso ha aliviado el problema, pero hoy, los policías trasladan a los agentes tutores el último parte del que todavía no tenían noticia. Los alumnos de ese centro llevan algunos días yendo a buscar a los de otro de la zona. Los líos van de acá para allá.

“No se trata de bandas, se está alarmando a la gente en exceso, son pandillas de chicos que imitan a las bandas, por moda, se ponen las gorras, los pañuelos, hacen los gestos y se dedican a meter miedo a los chavales, les quitan el móvil, pero no son bandas, esas las forman chicos más mayores”, explican los agentes.

Alejandro recuerda una anécdota reciente para ilustrar cierto “alarmismo injustificado” respecto a las bandas. “Nos llamó una madre para que fuéramos a la salida del colegio porque a su hijo le iban a pegar unos latin king. El chico tenía 14 años y cuando llegamos resulta que los agresores eran dos españoles de 10 y 12 años”. “Los pandilleros no son más violentos que las bandas de españoles de su edad”, insisten.

Pero molestar, molestan, y acosan y perturban la vida de los centros a veces hasta la desesperación. A estos tres agentes tutores les ha tocado escoltar a un muchacho acosado hasta el instituto y de vuelta a casa una temporada. Han recibido alguna formación para tratar los problemas escolares. En los casos de acoso, de mayor o menor intensidad, se emplean para dar la vuelta a la realidad, labores de mediación que en ocasiones dan sus frutos. Recuerdan un caso de una adolescente correosa, “que mataba con la mirada” y que estaba haciendo la vida imposible a una compañera. Los padres de la víctima querían denunciarla y ellos consiguieron devolver la situación a la normalidad: “La chica al final se puso a llorar y se paró la denuncia: las dos se hicieron amigas; pidió perdón a todo el mundo”.

Ya se ha dicho que los agentes van de paisano, pero los alumnos los ven rápido, algunos salen a la carrera en cuanto los reconocen, otros se acercan a hablar con confianza. Cuando les ven aparecer, aunque hayan cambiado de coche, se oyen algunas burlas amistosas a través de la valla del instituto: “No hacemos peyas, no hacemos peyas”. Los agentes han impartido conferencias sobre drogas y convivencia para todos los alumnos de 2º de secundaria del distrito. “Como para no conocernos. Me voy a poner una gorra, esta calva ya la conocen”, bromea Alejandro.

Por eso echaron a correr los amigos de Michael mientras él compareció lloroso ante el jefe de estudios adjunto. Ha tenido suerte, el insituto no tramitará ningún expediente por el momento, son los últimos días de curso y ya no ha lugar, dicen. Hablaron con su familia. Su entorno más cercano y el esfuerzo de los profesores podrán acaso enderezar un futuro incierto. Michael podrá seguir estudiando en España o, como amenaza su padre, volver a su país.

Un alivio para la pelea diaria

La opinión de los directores del distrito sobre la actividad que desarrollan los agentes tutores es prácticamente unánime: “Un alivio”; “un gran beneficio”, “una ayuda inestimable”. “Los directores de mi zona, y los de Vallecas, a los que conozco, estamos todos encantados. Encontramos apoyo y respaldo y nos dan pistas para saber cómo actuar”, dice José Antonio Martínez, director del Pío Baroja. “Trabajan en casos de absentismo, de acoso, pero también nos ayudan a contactar con los padres, y eso es fundamental porque nosotros muchas veces no llegamos a las familias. Han colaborado para trasladar nuestras peticiones a familias con las que a veces la comunicación no es sencilla; ellos tienen autoridad”, añade.

En el mismo distrito, el director del instituto Pradolongo, Jesús Pérez, incide en lo mismo: el alivio que supone saber que están ahí para aplacar peleas que se ven venir tanto fuera como dentro de las verjas del colegio. “Esas peleas que ellos impiden fuera del centro, con sólo estar merodeando por ahí, no se reproducen luego dentro, ni tampoco fuera cuando el origen del enfado estuvo en el horario de clase”.

Otro director, Rafael Fernández, destaca sobre todo la labor de mediación entre familias y pandillas, pero también que han hecho de puente entre los equipos directivos de unos centros y otros, un trabajo colectivo que facilita la labor de estos profesores. No son centros fáciles por el entorno en que están ubicados.

El viernes es un día temible. “Los chicos tienen ganas ya de fin de semana y están revueltos, también les pasa los finales de trimestre, cuando se acercan las vacaciones”, recuerda José Antonio Martínez. Esos días es cuando más suenan los teléfonos de los agentes tutores. Y después hay que rellenar el papeleo, anotar cada caso, algunos de ellos graves que se derivan a la fiscalía, por ejemplo.

Los complejos equilibrios de convivencia, el fracaso escolar galopante (en algunos centros menos del 20% consiguen el título básico), la diversidad del alumnado y “la poca o ninguna apetencia por continuar los estudios que tienen algunos alumnos” enredan a diario el quehacer de los profesores. Por esa razón, la llegada de los agentes tutores, coinciden, ha venido a aliviar parte del trabajo diario. Se trata de anticiparse a la pelea.


Par Carmen Morán

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