Patio en un barrio roto

Rectangular con las clases de un lado, como si fuese una corrala. En el mítico barrio de Parque Chás, en Buenos Aires. El barrio como “un laberinto roto” como diría Borges sobre Londres. Este Barrio sin parecerse a Londres (entre otras cosas, por lo roto) pero sí con mucho de laberinto: los taxistas no se animaban a entrar, porque según la leyenda, quien entraba en parque Chás sin conocerlo, era posible que permaneciera durante algunas eternidades dando vueltas, intentando dar con la salida. En ese barrio estaba ubicado mi colegio primario. Rectangular con las clases de un lado, como si fuese una corrala dentro de un laberinto algo roto.

En ese patio, con seis años me casé con Néstor, a mis ojos, todo un príncipe: ojos verdes, pecas, dos dientes por crecer, y buenos modales; era uno de los pocos chicos que no pegaba mocos en la pared. En la ceremonia ofició Déborah, que con suma responsabilidad le entregó a Néstor un anillo de viborita para que me coloque en mi dedo.

En ese patio todos los días, por orden ministerial, nos formábamos y cantábamos a la bandera argentina.
En ese patio vi llorar a mi madre de pie, junto a mi maestra contándole del feroz accidente donde habían muerto su padre,-mi querido abuelo- y su cuñado.

Cuando estábamos en el último curso, En ese patio planeamos la huida y nos escapamos toda la clase por la ventana del salón. (Una vez fuera, libres, y desconcertados, no sabíamos a dónde ir, al final dimos una vuelta manzana, y fuimos a mi casa que quedaba a dos calles; mi madre nos sirvió naranjada, y luego nos obligó a volver al cole). Cuando entramos en el patio todos nos observan a través de los cristales de las clases.

En ese patio ví por primera vez cerezas en almíbar y me parecían algo de otro mundo, estaban sobre unas meses que preparaban para una fiesta.
En ese patio, jugamos a la cuerda, al escondite, a la rayuela, a las canciones que se bailaban, al didenti, a las figuritas (cromos).

Además de refugiarnos en un rincón y sin perder la vista panorámica, para observar y confesarnos sobre qué chicos de los mayores nos gustaba.
En ese patio, una mañana mi mejor amiga, Esther Grinberg, me hizo “cucharita, cucharón no me junto más con vos”; llegué a casa llorando. Por suerte en esas edades todo se olvidaba rápido.

Hace años, en un sueño, aparecía yo de mayor (un poco antes de ahora) y me encontraba con la Gabrielita de los seis años, con su vestido y sus modos de la Argentina de los años 70, y mientras me contaba el juego que habían hecho en el recreo, movía sus manos y casi se le cae un anillo de viborita.

La Gabriela mayor miraba llena de ternura a la Gabrielita pequeña, pizpireta y ocurrente. Cuando la niña se alejó, me quedé completa y vacía a la vez, miré alrededor, y respiré profundo para sentir, una vez más, ese olor a niños jugando y baldosas mojadas por la lluvia: el patio de mi cole. Rectangular con las clases a un lado, como una corrala, dentro de un barrio como un laberinto algo roto.

Gabriela Waisberg
Buenos Aires, Argentina

Por Gabriela Waisberg de Buenos Aires

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