Nuevos paradigmas de la educación: La inclusión educativa

Silvio Guerra Morales es ABOGADO.

Artículo publicado en pa-digital.com

TODO CUANTO pueda relacionarse con la formación, educación e instrucción de las personas que padecen algún tipo de discapacidad, el proceso de conocimiento y las formas como se expresa desde las perspectivas del pensamiento, igual que los modelos y esquemas que lo exteriorizan, no pueden ser tratados o administrados como dogmas o verdades absolutas que nos indican o sugieren la idea de que los tales, de un u otro modo, no hacen otra cosa que expresar acciones y actitudes propias del desprecio, la discriminación, la exclusión o la obstrucción del tan necesario proceso de enseñanza aprendizaje para estos congéneres que tienen los mismos derechos y oportunidades que ostentamos cada uno de nosotros.

Por ello, expresamos que la conciencia individual y la social deben estar siempre abiertas a toda posibilidad concreta para el cambio y el desarrollo. Sin embargo, el proceso que trasunta hacia enfoques y paradigmas que den cuenta de una recreación o apertura de una nueva metodología que dignifique al ser humano, en el sentido en que lo señalaba Antonio Gramsci, es decir, de ubicarlo e instalarlo en la historia, en la dimensión de la cultura, no siempre resulta entendido ni comprendido, sobre todo, por ciertas profesiones que en la sociedad se articulan a la superestructura de la misma, básicamente aquellas vinculadas al proceso de formación profesional, a la siembra de ideas y de mensajes, y cuya ideología tiene como función paradigmática la de reproducir siempre lo mismo. Y de allí devienen, primero, su carácter conservador -verbigracia los profesionales del derecho y la educación- y, segundo, tenemos un conjunto de personas -maestros y profesores, entre otros- que se resisten a toda posibilidad de cambios en los paradigmas en los que ellos actúan.

Con mucho ímpetu se viene abordando el tema de los discapacitados y la educación inclusiva. Ello entraña un nuevo enfoque pedagógico que ubica al educando en el contexto de un universo mucho más amplio, de experiencia colectiva y de relaciones sociales que le propician un ambiente de plena reciprocidad. No se trata, obviamente, de eliminar o suprimir las formas curriculares que tienen que ver con los modelos de aprendizaje -pero, se impone su revisión-, sino de ubicar éstos en un contexto y ambiente de plena horizontalidad entre los educandos y los discapacitados, de tal suerte que se construyan relaciones en el plano del respeto y estima de la dignidad humana.

Se trata de una horizontalidad que puede funcionar perfectamente y traduce las ideas de la no discriminación y de la exclusión, como suele ocurrir aún en nuestro entorno social y cultural. Es, en consecuencia, muy lamentable que hasta en el seno familiar dispensemos a estos seres humanos un sentimiento de lástima, sobreprotección, de extrema tutela que anula sus propios potenciales, afectando notablemente su dignidad y autoestima. Cuando se les observa, advertimos en ellos seres sufridos, golpeados por el desprecio, mancillados por entes y gentes que se creen dioses de la perfección; almas que se creen ricas de espiritualidad y que son seres miserables doblegados por un falso concepto de la grandeza y de la santidad. Incrédulos de ellos mismos, se dan golpes en el pecho de ser constructores de ideas y de destinos, y no se percatan que son diseñadores de escenarios de pobreza que subyugan a nuestras naciones enterrándolas cada día más en el fango de la miseria.

Con el respeto que nos merecen aquellos educadores, aún dirigentes gremiales que no comparten los criterios y postulados de la educación inclusiva, debemos expresarles que no creemos que ese concepto o idea de que a los discapacitados hay que remitirlos o enviarlos a escuelas especializadas, dado que tal argumento encierra e implica ingredientes caracterizados por contenidos discriminadores, excluyentes, menospreciativos e indignantes.

Educadores de mucha experiencia, algunos ya jubilados, nos han referido experiencias relacionadas con niños y niñas con algún grado de discapacidad y que han transitado, estacionados en sus respectivos salones o aulas de clases; y pudieron observar, sorprenderse, para luego aplaudir y hasta llorar de emoción, que la experiencia colectiva y la forja de una conciencia de respeto de relación horizontal, jugaron y produjeron un protagonismo clave, basal, de suma y trascendente importancia en el desarrollo de estos semejantes. Y, precisamos, no tan sólo en lo concerniente al aprendizaje o asimilación de conocimientos, de normas de educación, sino también en la integración y asimilación de principios, normas y reglas que juegan un papel reconstructivo en lo que atañe a la integridad y dignidad de ellos.

Se impone, indefectiblemente, el desarrollo de una cultura en el proceso de enseñanza aprendizaje que ponga coto o freno total a la subcultura de la exclusión y el menosprecio que, al final de cuentas, se hallan disfrazados de una aparente lástima, conmiseración y sobreprotección; pero que, en el fondo, llevan implícito el claro y despiadado mensaje de la anulación total de las voluntades y potencialidades de los discapacitados y que, penosamente, hasta de modo inconsciente, nos convierte en auténticos arquitectos de una generación de improductivos e infructuosos, pues con ello lo que estamos logrando es promover nuestra propia discapacidad para aperturarnos al cambio. Peor aún: somos verdaderos obstáculos al cambio social.

Por Silvio Guerra Morales

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