Los retos de la escuela pública

El profesorado de la escuela pública estamos apostando por un tipo de educación que forme ciudadanos que participen activa, responsable, crítica y democráticamente en una sociedad pluricultural. De esta manera, una educación democrática e intercultural constituye la respuesta alas necesidades y problemas de esta sociedad.


EN EL anteproyecto de la LO E. encontramos: «Las sociedades actuales conceden gran importancia a la educación que reciben sus jóvenes, en la convicción de que de ella dependen tanto el bienestar individual como el colectivo. Para los individuos, la educación es el medio más adecuado para construir su personalidad, desarrollar al máximo sus capacidades, conformar su propia identidad personal y configurar su comprensión de la realidad integrando la dimensión cognoscitiva, la afectiva y la axiológica. Para la sociedad, la educación es el medio de transmitir y, al mismo tiempo, de renovar la cultura y el acervo de conocimientos y valores que la sustentan, de fomentar la convivencia democrática y el respeto a las diferencias individuales, de promover la solidaridad y evitar la discriminación, con el objetivo fundamental de lograr la necesaria cohesión social. Además, la educación es el medio más adecuado para garantizar el ejercicio de la ciudadanía democrática, responsable, libre y crítica, que resulta indispensable para la constitución de sociedades avanzadas, dinámicas y justas. Por ese motivo, una buena educación es la mayor riqueza y el principal recurso de un país y de sus ciudadanos».

Por todo ello los maestros-as que estamos integrados en la escuela pública no cejamos en el empeño de que todos nuestros alumnos reciban una educación y una formación de calidad, sin que ese bien quede limitado solamente a algunos individuos o sectores sociales.

Los medios tanto materiales como humanos de los que dispone hoy día la E. P. son buenos y eficaces para la misión a la que están encomendados. Hoy, hasta las escuelas «más rurales» están dotadas de nuevas tecnologías y lo que es más importante de un equipo de maestros-as, sobradamente preparados, para impartir en dichas escuelas una enseñanza y educación de verdadera calidad .

Estos maestros, de los que la sociedad esta orgullosa de poseer, encarnan lo que enseñan. La educación, se ha dicho a menudo, es una cuestión de ósmosis. Se comunica por contagio. El mismo educador no es consciente de todo aquello que comunica a sus educandos. Frecuentemente no es lo que enseña, sino lo que testimonia: un talante, una actitud, un modo de estar y enfrentarse a la vida, un estilo de ser persona, un modo de relacionarse y de escuchar. En fin, un modo de ser.

En la época actual, toda nuestra vida y toda nuestra cultura se hallan sometidas a revisión. Como es natural, la educación ocupa un lugar de primerísima importancia en este afán renovador o innovador. Constantemente se habla de reformas, de cambiar las leyes de educación (LODE, LOGSE, LOCE, LOE), de reformas en profundidad como aquellos que se refieren al qué y al cómo de la educación, a sus contenidos y a sus técnicas, al modo de lograr los objetivos incluidos dentro de las finalidades de la educación, a las actividades que los alumnos y profesores deben realizar para que la educación desemboque en la formación de hombres capaces de gobernar su propia existencia y de colaborar eficazmente en la construcción de la sociedad.

El incremento de alumnado de diversas procedencias y culturas en nuestro sistema educativo constituye hoy un importante tema de debate y preocupación. Entre las diferencias que se observan en el alumnado se encuentran: la lengua, la cultura, la religión, el marco geográfico, el estado socioeconómico etcétera. Frente a esta realidad, hallamos a menudo que la diversidad es entendida como un problema, más que como una oportunidad de aprender y engrandecernos con las aportaciones y las vivencias de otras personas.

La interculturalidad implica la creación y asunción de actitudes entre todos los miembros de la comunidad educativa que favorezcan la convivencia entre las personas de diferentes étnias, culturas y razas. Pero las actitudes no se aprenden estudiando las lecciones de un libro, sino que se crean y potencian actuando diariamente de manera adecuada y coherente con el modelo de educación que se pretende. Por eso la escuela y en particular la pública, se convierte en un espacio privilegiado para potenciar la tolerancia, la convivencia entre los pueblos, e inculcar el valor positivo de la diversidad, siendo la respuesta a la misma uno de sus retos fundamentales en el siglo XXI. La escuela, es un lugar de encuentro y de construcción de las trayectorias del profesorado y del alumnado. Este espacio, en el que interaccionan hijos de familias autóctonas e inmigrantes, debe posibilitar entre sus miembros el establecimiento de relaciones ricas y positivas que potencian la capacidad de convivir con respeto, aceptación y reconocimiento, generando un mundo más armónico en el que el alumnado pueda desarrollarse sin tensiones y sin conflictos.

El profesorado de la escuela pública estamos apostando por un tipo de educación que forme ciudadanos que participen activa, responsable, crítica y democráticamente en una sociedad pluricultural. De esta manera, una educación democrática e intercultural constituye la respuesta alas necesidades y problemas de esta sociedad.

La realidad personal del educando es la suprema norma de la acción educativa, más que las leyes provenientes de los legisladores humanos o de los más elaborados sistemas pedagógicos.

Además consideramos al educando como persona individual, única y singular con sus propias características bien determinadas; una persona marcada con su destino individual para ser él mismo. Por lo tanto, espera y exige del educador que se respete su mismidad y se le ayude pedagógicamente con una acción adecuada a su singularidad, y no con métodos o procedimientos prefabricados, generales y estandarizados, que no tienen en cuenta la situación personal de cada individuo, su ritmo propio de evolución y desarrollo. En la escuela pública nos esforzamos en educar para la vida que no es sólo educar para el futuro sino también para el presente; vivir bien el presente, vivir bien la infancia, la adolescencia es la mejor manera de preparar el futuro de una madurez normal y verdaderamente adulta. El ser humano en edad evolutiva es una persona educanda; puede ser educada, necesita ser educada y desea ser educada.

Como nos dice Zubiri : «Únicamente la persona humana por ser inteligente y libre está abierta a una progresiva realización. La educación tiene ante sí la tremenda responsabilidad de orientar bien el desarrollo y ejercicio de esa libertad sin sofocarla y sin reprimirla». Es que como diría Kant : «Únicamente por la educación el hombre llega a ser hombre». Es cierto. Y buena prueba de ello es que en toda sociedad humana, en todo grupo humano, más o menos evolucionado, institucionalizado o no, existe el «cuidado educativo». Como decía Dewey: «La educación no es ni tan siquiera preparación para la vida, es la vida misma». No creo que hagan falta argumentos más sólidos que aquellos que conforman nuestra propia convicción como seres humanos de la importancia y necesidad de la educación en nuestra sociedad. Y este es nuestro reto diario como maestros-as, convencidos de nuestra transcendente labor, hoy día, difícil y compleja pero lejos de desanimarnos, bregamos con ilusión y esperanzados, por lo menos, de ser sembradores de un mundo distinto al que nos toca vivir, con la certeza de que nuestros alumnos-as así lo entienden.

Fuente: Diario de León


Por Antonio Cabrera García

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