Lenguaje inclusivo. Página crítica al lenguaje de la exclusión y la opresión

Nosotras, como feministas, aspiramos a una sociedad de hombres y mujeres que sean personas, donde no quede rastro de los aspectos injustos del ser femenino y ser masculino que hemos conocido, de esos patrones que se basan en la opresión, el desprecio y la explotación hacia todo un grupo humano, las mujeres. La lucha por el lenguaje inclusivo es la lucha por usar un lenguaje más justo, menos violento, esto es, un lenguaje que no sea utilizado contra nadie como arma de exclusión y opresión en la sociedad. Intentar ser sensibles a usar un lenguaje menos machista y masculinista neutralizando los usos del masculino singular al sustituirlos por otras expresiones o por la inclusión también del femenino singular es un gesto democrático y civilizado, fundamental, como dejar de usar expresiones que podrían herir a grupos que tradicionalmente han sido maltratados, como gente con rasgos físicos distintos a los del grupo dominante. El uso de lenguaje inclusivo se da de manera espontánea y también consciente, y no está exento de problemas, como veremos. No juzgamos a quienes se sienten incómodas/os con usar expresiones que aún no se han normalizado, pero consideramos absurdo que se ridiculice la búsqueda y el uso espontáneo de un lenguaje que incluya a las mujeres como personas.


En el verano del 2004 nos han enviado casos de virulentos ataques antifeministas publicados en la prensa más reputada: continúan arremetiendo contra la búsqueda de un lenguaje no machista o masculinista. (No se aburrirán, como tampoco se aburren de facilitar que se vendan coches con anuncios donde se usa a las mujeres como objetos sexuales.) Machista, decimos, porque lo masculino -es decir, el modelo ideológico-biologicista imperante y no los hombres como personas- es producto de un sistema patriarcal que recibimos de una sólida tradición transcultural de siglos, sistema que hasta ahora contaba entre sus más preciadas herramientas (junto con la Iglesia, el Ejército y los Monstruosamente Ricos) con un lenguaje parcial, que no permitía que se visualizara o incluyera la percepción o existencia de la mujer como ser humano (tras la revolución francesa, Mary Wollstonecraft tuvo que escribir la declaración de los derechos de la mujer, para completar la que habían hecho del hombre). Un lenguaje además que reduce/reducía el ser hombre a un modelo de identidad, de comportamiento que sin duda alguna no le sirve a todo hombre que aspire a ser una persona. (Y más: que también le daña, si no es hombre de la Iglesia, militar o monstruosamente rico o, u hombre que, falto de todo poder mencionado porque se lo quedan sus congéneres, cree el ideal machista de que por ser hombre algún poder tiene como mínimo: derecho sobre las mujeres, la brutal promesa.)

Qué irritante les parece que la gente busque soluciones para superar una omisión tan grave, omisión, por ejemplo, que se observa si se analiza el hecho de que en toda nuestra anterior historia sólo han accedido al conocimiento escrito sin restricciones no ya todos los hombres, sino los hombres vinculados al poder, como clase en sí, y que en los escritos, cuando creían hablar del ser humano, en realidad hablaban sólo de ellos, en realidad sólo los dirigían a hombres con su mismo estatus. Claro que se han filtrado obras de gente independiente, pero entendámonos, hablamos de lo imperante entonces (y en gran parte, ahora), no de las excepciones. (Por cierto, qué fácilmente se sacan excepciones frente a críticas feministas y qué fácilmente se aceptan generalizaciones en temas mucho más difíciles de generalizar.) Ciertamente, no sólo los hombres en el poder han mantenido la opresión. No sólo ellos se burlan de las feministas, del lenguaje inclusivo, de los hombres no machistas, de todo lo que cuestione el estatus quo. Incluso entre quienes parecen pasarlo tan bien y estar tan refrendados, hay buenas personas. No vamos a poner ejemplos brutales. Recordemos los amos de esclavos, por ejemplo, siempre habría alguno que tratara bien a su “mercancía”, y habría más que serían incluso buenas personas, pero eso no invalida el hecho de que existía la esclavitud y la esclavitud era mala para la gente negra y posiblemente para esas mismas buenas personas, porque, quieras que no, con su “seguir la onda” se degradaban. La discriminación contra cualquier ser humano sólo nos aleja de lo que sería una sociedad inteligente y justa. Pensar que el lenguaje no tiene nada que aportar a la creación de una sociedad más justa, cuando el lenguaje conforma como poco gran parte de nuestros pensamientos (Los límites de mi lenguaje son los límites de mi conocimiento, decía el filósofo Wittgenstein) es idiota, o malintencionado. Esta omisión de la mujer como persona (y no como constructo desde el poder de lo que debe ser una mujer para que ese poder funcione como lo desean quienes lo detentan) se puede investigar analizando el uso del masculino singular en textos de todas las épocas. Podéis saber a qué nos referimos si hacéis el “Ejercicio” que proponemos en la columna de la derecha.

Es un hecho constatable que el lenguaje está cambiando con la democratización de la vida social, que estos cambios son productos de nociones de libertad, solidaridad y justicia. En nuestra sociedad y en muchas otras, la incorporación de las mujeres a lugares distintos de la casa, el mercado y la peluquería, a actividades que siglo tras siglo sólo se le permitían a los hombres, tiene un impacto directo e inevitable en el lenguaje, guste o no guste a quienes se sienten tan molestos con este hecho. El lenguaje se amolda a esa nueva situación, se enriquece con ese avance social, y esto se manifiesta, por ejemplo, en la inclusión en el uso de los femeninos singulares. Hace diez años decir abogada, doctora, presidenta, ministra, jueza, cartera, licenciada… daba risa y hoy da tristeza, o incluso risa, oír que una mujer abogada se llama a sí misma abogado, o que una licenciada rellena sin rechistar (¿por irrelevante?) un documento oficial donde pone: licenciado, en lugar, por ejemplo, de licenciatura, o licenciado/a.

Estas transformaciones del uso de las palabras para ajustarlas a una percepción más democrática o inclusiva de la estructura social, ocurrirán inevitablemente aunque las personas que tan nerviosas se ponen con el tema sigan burlándose en los medios de comunicación o dando órdenes que recuerdan al franquismo para evitar que los documentos oficiales se redacten correctamente, incluyendo opciones no masculinistas (“licenciatura”, allí donde escriben “licenciado”; “población refugiada” allí donde hablan de “los refugiados”) o versiones “bilingües (“licenciado/a”, “las y los refugiados”). Además de los usos espontáneos, han sido precisamente las feministas conscientes de serlo y en general las mujeres librepensadoras que no podían constreñirse a los moldes femeninos quienes han identificado la problemática de un lenguaje no adecuado. Su lucha les ha reportado burlas, agresiones, pero ésta no ha hecho más que abrir, allanar el camino a un hecho social que despuntaba. (Desde aquí, un reconocimiento a nuestra dura tarea.)

Corregir un hecho discriminatorio lingüístico puede parecer artificial, pero la costumbre se genera rápido cuando la población hablante percibe su necesidad, y eso ha sido lo que ha ocurrido y lo que está ocurriendo, si contamos a las mujeres, y sobre todo a las niñas, pues a medida que van incorporándose a la vida social, consciente o inconscientemente adaptan el lenguaje. Y es que las lenguas son maravillosas, y están vivas, por más empeño que ponga la Real Academia en fosilizar su uso. Como hemos mencionado, es cierto que sigue habiendo una resistencia ideológica que, como con todo lo que tenga que ver con cuestionar el estatus quo, ridiculiza y arremete con cualquier intento de mejorar la situación civilizadamente. Esa resistencia sirve como medida de la violencia que usan quienes se beneficiaban de esa situación. Es duro, lo comprendemos, pasar a tener que compartir las parcelas exclusivas con todo el mundo, pero la especie humana debe aspirar a algo más que la barbarie de la injusticia y la guerra, pensamos, y estamos en el grupo que así lo pretende y persigue.

La cuestión de si la inclusión puede convertir el lenguaje en algo que no sirva para la comunicación es irrelevante, a nuestro modo de ver, primero porque lo importante es que las personas estén bien, no respetar la tradición (que el lenguaje sea como siempre ha sido), y segundo, porque el lenguaje se va regulando sólo, siempre en función de lo posible, de lo más fácil. Los avances que hacemos se combinan con casos difíciles de resolver, pero esto no invalida lo que se va resolviendo, y no debería crear ceguera sobre lo que se resuelve. Se hace lo que se puede, y tiene valor lo que se resuelve. (Podéis ver ejemplos en uno de los epígrafes de la columna de la derecha.) Es decir, nosotras rechazamos la criminalización, la tabuización (se entiende, ¿no?) del uso del lenguaje, lo que implica tolerancia, convivencia normalizada con quienes se sienten extrañadas/os del lenguaje si usaran el que a nosotras nos parece mejor, y nosotras estamos a favor de la crítica razonada de las actitudes que nada tienen que ver con esto de sentirse mal usando un lenguaje que no te sale natural, tenemos un compromiso con desenmascarar la “ofensiva de los machistas recalcitrantes”, supuestamente velada. ¿Por qué no nos pone nerviosas que la gente no haga lo que nos parece importante hacer? Pues porque lo importante no es convencer, sino que la gente asuma cosas de manera natural, y eso lleva tiempo; en el caso del lenguaje, además, poco tiempo, porque muchas cosas con un poco de uso se asumen rápido, y si no lo creéis, fijaros en los femeninos singular de oficios antes “prohibidos” que hemos mencionado arriba. ¿Cuántos años han tardado en arraigar en el uso común?

Las soluciones para democratizar el lenguaje las aplicamos todos los días, seamos conscientes de ello o también de manera inconsciente, y si lo observáis, lo podréis comprobar. Y está empezando a ocurrir que cuando no se aplican y seguimos hablando nos empezamos a sentir mal, como si el lenguaje nos forzara. Algo importante está ocurriendo en el lenguaje.

Cuando la sociedad no conciba la omisión de la mujer, no tendremos que estar echando luz sobre estos hechos. A nosotras nos aburre tener que estar escribiendo sobre estas cosas, pero vemos que sigue siendo necesario, porque como sabe cualquier persona inteligente, a veces lo más difícil de ver es justamente lo evidente. La gente no tiende a querer ser consciente de todas las cosas que lleva encima “aprendidas por defecto”, y como eso es parte de su constructo de identidad, se pone muy agresiva frente a cualquier cuestionamiento crítico, incluso aunque intuya que es justo.

Daremos la bienvenida a reflexiones sobre este tema, sea en la forma de aforismo, listado, artículo, viñeta, audiovisual, etc. Esto quiere decir, colateralmente, que no dudaremos en no publicar falacias que se exhíben en todos los medios públicos y privados, escritos ideológicos basados en la oratoria y la fobia al contenido, ideas recalcitrantes que validen la violencia que se le hace a la gente y al lenguaje intentando fosilizarlo y perpetuar una situación injusta que se intenta superar. Las cosas buenas hay que defenderlas, porque siempre son las que menos espacio tienen y las más atacadas. Y es que estamos a favor de la libertad de expresión y cansadas de oír sandeces de quienes no pueden convivir si los demás no hacen lo que ellos o ellas quieren que hagamos, principalmente servirles.

La Webmistress en nombre de Mujer Palabra

Revisado octubre 2006

© michelle, 2004. Se puede usar este artículo siempre que sea para fines no comerciales y se cite el vínculo a este sitio web: Mujer Palabra,www.mujerpalabra.net


por Mujer Palabra

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