La maestra

Una vez puestas las notas, los informes y requerimientos burocráticos acabados, siempre siento la necesidad de escribir una carta a todos los que, presuntamente, han sido militantes en las aulas en la banda contraria a la mía.

Enseñar es mi oficio -Bien, enseñar lo que díce enseñar, enseño poco, pero por lo menos intento despertar interés para aprender-. Y dejadme que os diga que esta manía me ha provocado las sensaciones más contradictorias: a veces, cuando he experimentado un ataque de optimismo, me he llegado a creer que soy una profesional capaz de ayudar a mis adolescentes a entenderse y de hacerlos pasear por los diferentes paisajes que hay en su horizonte -que sin ayuda les costaría descubrir-; otras, cuando el desánimo gana la batalla, me he sentido como Sísifo castigada a empujar una enorme piedra hasta la cima de la montaña sólo con la fuerza de mis brazos y total para ver día en día como, por la inercia de su propio peso o por las diversas fuerzas de la sociedad, la roca vuelve a bajar, montaña abajo, haciendo trizas todo mi esfuerzo y dándome a entender que nunca alcanzaría mi objetivo. Y es en momentos como éstos cuando me quiero convertir en desertora de la tiza. Un trabajo, como veis, que no produce callos en las manos pero, a menudo, sí que los puede hacer en el estado de ánimo.

Pues bien, ya había comenzado a redactar la carta abierta a mis alumnos, cuando decidí dejarlo para más tarde, cerré el ordenador, me repanchuflé en el sofá y, mando a distancia en mano, comenzé a hacer zaping, nada conseguió seducirme y me quedé medio adormilada en el sofá.

Una pesadilla pobló mi siesta: treinta alumnos, armados con treinta mandos a distancia, llenaban mi aula, se estiraban en la silla, los pies sobre la mesa, unos comiendo pipas, otros haciendo globos con su chicle; todos amenazando de hacer zaping si mi espectáculo no los seducía. No tenía ni música, ni imágenes ni efectos especiales; sólo mi voz. Pese a las pocas posibilidades de éxito, comenzaba la clase intentando contestar a una pregunta que consideraba esencial: ¿Qué es para a mí educar?

Por un lado, permitir que mis alumnos crezcan intelectualmente, tomen decisiones, se equivoquen y aprendan de sus errores y, por el otro, mostrarlos que hay muchas puertas y ventanas a través de las cuales se pueden otear diferentes paisajes, para que cada cual abra y cierre las que quiera y disfrute del paisaje que escoja.

Aún no había acabado de responder, cuando se ha oído, ¿tenemos que tomar apuntes?, ¿eso entra al examen?, ¿pero qué dice la pava? ¡qué rollo! ¡Eso no mola! ¡No nos rayes, tía! Y, a partir de aquí han comenzado a enviarse notas, a pellizcarse, a pelearse, a sonar móviles, a mirar por la ventana… ¡¡¡Nadie estaba sintonizando mi canal !!!

Los guionistas me llamaron al orden y me hicieron ver que la respuesta era demasiado abstracta y aburrida para captar la franja de edad a la que iba dirigido el programa. El director me dijo que me tenía que reciclar si quería mantener la audiencia y que debía esforzarme en adaptar mis guiones a un público más heterogéneo.

Ha sido en aquel preciso momento, al despertar de mi siesta, aún no conectada del todo con el mundo de los despiertos, cuando me ha rondado una angustiosa pregunta: ¿Y si mis alumnos vienen a clase con esta predisposición?

He intentado imaginar el espectáculo de mis clases desde el sofá de mi casa, en actitud totalmente pasiva y esgrimiendo el mando a distancia con la amenaza que a la mínima cambiaría de canal o desconectaría. ¡Qué fracaso de espectáculo, el mío! Y como si hubiese encontrado el cabo del ovillo, he comenzado a estirar el hilo y una retahíla de preguntas y respuestas se han ido encadenando a mi interior. De este batiburrillo de después de la siesta he intentado ensartar todas las ideas en una carta.

Carta abierta a mis alumnos

Queridos alumnos,

(Sí, queridos, porque la labor de enseñar es un acto de solidaridad, de afecto, de servicio, no de lucimiento personal. Cómo lo calificaríais sino el acto de intentar formar individuos capaces de prescindir de una cuando aprendan a caminar solos? Sí, alumnos, no coleguis. Me considero demócrata, pero ser democrático no quiere decir aceptar que todos somos iguales en la escuela. Es el maestro que sabe lo que el alumno ignora quien debe decidir qué ha de enseñar y hacerle saber que merece la pena el esfuerzo que cuesta aprenderlo. El alumno no sabe qué desconoce.)

Inicio mi relación de agravios, que serán seguramente una visión subjetiva y parcial del tema, con la esperanza de que se le añada también la vuestra y de este modo acerquemos posturas y comencemos a construir la cultura de la enseñanza que creamos más idónea para nuestro centro y en el siglo actual.

Primero. Yo no estoy al otro lado de la pantalla para haceros un espectáculo y, si no consigo consigo seduciros, podéis cambiar de canal o desconectar. Nosotros, los profesores, estamos aquí para intentar establecer puentes de diálogo entre el saber de ayer y el de mañana: facilitaros la tarea de entender los aciertos y los errores de nuestros antepasados para no tener que comenzar nuevamente de cero. Y por ello necesitemos vuestra complicidad y vuestra participación. No podemos daros la “libertad” de desconectar.

Segundo. Yo no soy el enemigo. Sé que, demasiado a menudo, los alumnos veis al profesor como el enemigo: el representante de la ley de los adultos. Los profesores no somos el enemigo; somos la autoridad en el sentido de la persona que marca la disciplina que necesitáis para crecer intelectualmente. Es evidente que podéis argüirme: eso de crecer intelectualmente se valora socialmente?, da dinero?, prestigio? En las series de TV más populares y en todo el imperio mediático, quién triunfa: el alumno que trabaja, se esfuerza y pone sus cinco sentidos en aprender o lo que es un vivales que copia, hace trampas, se enfrenta al profesor?

Tercero. A mí tampoco me gusta la disciplina represiva. No se me escapa que los alumnos tenéis un radar que os permite discernir con claridad qué profesores se preocupan de veras por vosotros y sabéis captar el punto débil de cada uno de nosotros con mucha clarividencia. Os habréis dado cuenta pues que soy muy cuidadosa con la disciplina educativa y no tanto en la represiva que no me queda más remedio que aplicar porque, si no lo hiciera, en la clase, se impondría la tiranía del más fuerte sobre el más débil.

Cuarto. Yo también soy de este siglo. Si ya sé que podéis argüirme que me empeño en enseñaros a hablar correctamente, cuando la sociedad os abastece de revistas, programas de TV, chats, etc con un lenguaje totalmente deformado; que vivis en constante contradicción porque se profesa una moral en la escuela y otra fuera; que tal vez la prudencia y la modestia que os enseñemos en el centro escolar se convierte en la sociedad en cobardía, falta de carácter…pero si el maestro no ofrece un modelo racional y adecuado será sólo la televisión, la cultura de la calle, etc … quien os dará el modelo a seguir.

Quinto. Sí, los alumnos también tenéis derechos. Y deberes!. Demasiado a menudo nos hacéis sentir que los alumnos sólo tenéis derechos y no admitís que os podéis equivocar. Equivocarse, no es el problema, aprender de estas equivocaciones es manifestar el grado de madurez que uno va adquiriendo poco a poco. Está claro que tampoco tenéis demasiados ejemplos mediáticos de políticos o héroes en los diversos campos que tengan la valentía de admitir que se han equivocado y, lo que es más importante, que demuestren aprender de sus errores.

Sexto. Yo también pienso que la escuela tiene que crear ciudadanos con actitudes éticamente valiosas, pero ha de implicar -además de profesores y alumnos- a padres, comunidad educativa y otras instituciones.Tal vez vosotros, los alumnos, tenéis pocos referentes en el marco familiar y busquéis los modelos para abriros a la vida, en el ámbito de la escuela y eso complica las relaciones en el seno de la comunidad escolar.

Séptimo. Tal vez no he entendido suficientemente bien que cada uno de vosotros es un mundo diferente, que no trabajocon un material moldeable al cual se le puede ir puliendo sin encontrar ninguna resistencia, pero sé que aprender es siempre un esfuerzo y que en la escuela no te queremos enseñar a consumir cultura sino a asimilarla y eso implica una actitud activa.

Octavo. Yo también sufro el desencanto de la clase docente, me hago preguntas y esgrimo argumentos unidireccionales que sólo sirven como terapia pasajera pero que no facilitan el diálogo entre los diferentes estamentos. Tal vez sería necesario que todo el mundo en el seno de la comunidad educativa se atreviese a expresar bien alto cómo se siente. Tal vez debemos conseguir entre todos instaurar una cultura de la educación y encontrar las herramientas más eficaces para vivir una empatía en les aulas.

Noveno. Los profesores somos eslabones sin nombre en la escalera que va del saber de ayer al invento del mañana. Posiblemente no ganaré ningún premio, pero me sentiría recompensada si detrás de algún invento del mañana hubiese mi pequeña colaboración.

Décimo. Todos mis agravios desembocan en una conclusión final: debemos hacer cestos con el mimbre que tenemos. Los profesores tenemos que conocer el material y convertirlo en el cesto más bonito posible; los alumnos tienen que querer convertirse en el cesto más valioso sin poner demasiada resistencia. Los padres y la sociedad tienen que reconocer y de aplaudir esta tarea y ayudar a convertir el material más precario en el cesto más bien hecho.

De otro modo, reproduciremos la historia de Penèlope: lo que teje la escuela, lo deshará por la noche, la sociedad, y así no hay forma de avanzar.

Es preciso que todos colaboremos para que el carro de la sociedad vaya avanzando y que todo el mundo se pregunte si tira del carro, si le ayuda a avanzar, si no participa -el pecado de omisión es uno de los más graves- o si, además, pone palos en les ruedas.

Fuente: La Vanguardia

Por Roser Tomás

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