Eso no se hace, eso no se toca

PADRES Y MADRES no deberían tener miedo a ejercer su autoridad sobre sus hijos

Corren unos tiempos verdaderamente difíciles para la relación de madres y padres con su descendencia. Quizás esto haya sido dicho para cada una de las generaciones que han existido, pero preocupa sobremanera la situación actual. No porque los niños de ahora sean más complicados, nazcan sabiendo más y aprendan las cosas más deprisa, sino porque los padres y las madres, ante el miedo a ser catalogados como autoritarios – más que a serlo, porque muchas veces siguen siéndolo, a parecerlo-, dejan de ejercer cualquier tipo de autoridad sobre sus hijos. Tanta es la responsabilidad, que siempre ha sido difícil hacer de madre y de padre, y más ahora, que se desestima la receta tradicional y no hay cursos estandarizados para revisar los modelos.

En este aspecto nada ha cambiado, se aprende sobre la marcha y la vía autodidacta continúa; eso sí, una vía autodidacta acorde con nuestros tiempos. Además de la experiencia personal como hijo, quien más, quien menos, ha leído algún libro sobre este tema, tiene en casa dos o tres revistas y ha visto con interés más de un programa de tele con debate incluido, amén de conversaciones varias con amigos, conocidos y compañeros de trabajo sobre los problemas que cada cual tiene en su casa con su tan querida, buscada, deseada y cada vez más pagada descendencia.

Ha cambiado la importancia que ahora damos al hecho de ser padres, porque los niños, como bien escaso, son muy importantes en nuestra sociedad. Importancia que choca de plano con las posibilidades que se tienen en general – por horarios, cargas hipotecarias, desplazamientos varios con retenciones habituales…- para dedicarse a los hijos. Gastamos en criarlos más que nunca, pero se acrecienta la mala conciencia por todo aquello que nuestro estilo de vida nos impide ofrecerles de nosotros mismos. También ha cambiado la de manos distintas y criterios dispares por los que pasan los niños a lo largo del día – profesores en plural, de escuela o de actividad extraescolar, canguros, abuelos u otros familiares, algún que otro terapeuta, horas de televisión indiscriminada y padres juntos o por separado-.

Ha cambiado en la familia, a la par que lo ha hecho en la sociedad en general, el papel de la autoridad. La autoridad es criticada y cuestionada – ejercicio sanísimo donde los haya si se ejerce sin menoscabar los derechos democráticos-, pero no es de la autoridad sino del autoritarismo, del abuso y del mal ejercicio del poder de lo que hay que huir. Algo falla si los padres reconocen – y piden auxilio a profesores y terapeutas- que son los hijos – de cualquier edad- los que mandan en casa. Algo falla cuando, por poner un ejemplo de lo que ocurre en lugares públicos, vas al acuario de Barcelona y resulta que la barra de seguridad que hay delante de las vitrinas, y que no se puede traspasar, no es un impedimento para que los niños – que van en familia: no van solos ni es una excursión escolar, y no un niño sino la mayoría- se salten la prohibición una y otra vez sin que de la boca de sus padres y madres salga ni una sola observación que no tenga que ver con lo bonitos que son los peces de colores.

No sé si es sólo el miedo a parecer autoritarios, un gran cansancio, el solo deseo de hacerlo distinto – y mejor- que nuestros progenitores o un desconcierto más profundo lo que ha hecho abdicar a la mayoría de los padres de una parte del ejercicio activo de su papel. Hablando claro, ya no decimos, y deberíamos hacerlo: “Niño, eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca”.

Fuente: La Vanguardia

Por Cristina Sánchez Miret

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