Educación para la ciudadanía

Leo en la web de la Generalitat de Catalunya (www. gencat.net/educacio) que la consellera de Educació “cree que la educación para la ciudadanía ha de ser un contenido transversal y no una asignatura como propone el Ministerio de Educación”. Espero que la consellera no se lo tome a mal, pero discrepo de su opinión. Y como veo que en la citada web se explicita la creencia de la autoridad educativa de Catalunya sin ofrecer razones que la sustenten, me permitiré argumentar aquí la opinión contraria. Opiniones hay muchas y puede haber más, pero sin razones a su favor todas valen lo mismo, es decir, nada desde el punto de vista de la racionalidad.

El caso es que a favor de la asignatura de educación cívica hay razo-nes sólidas. No excluyen, ni mucho menos, el recurso complementario a la transversalidad. Nadie negará, en efecto, que los profesores de matemáticas, o de lo que sea, deben respetar la dignidad humana de los alumnos, están obligados a preparar e impartir bien sus clases y deben estimular la virtud del trabajo porque las matemáticas, como todo, sólo se aprenden a fuerza de horas de codos clavados en la mesa de estudio. Voten además los profesores cuando toque, no secunden huelgas estúpidas y no fumen en el centro escolar…

Con esas y otras cosas parecidas, su buen ejemplo sazonado con algunas gotas de sabiduría moral es seguro que enseñarán a los alumnos valores y virtudes de manera excelente. Pero la educación para la ciudadanía no puede plantearse como una alternativa entre asignatura y transversalidad porque las clases donde se explique temáticamente la educación ciudadana son también necesarias, y mucho.

En efecto, los alumnos deben aprender los fundamentos racionales de la conducta ciudadana. Sólo así los descubrirán en su propia conciencia y se reconocerán en ellos. Aprenderán porqué la conducta incivil destruye la personalidad. Conocerán no sólo los derechos humanos (y las obligaciones que ellos imponen) sino también cuál es su origen. Sabrán entonces que fueron las ideas filosóficas de la Ilustración las que sembraron la necesidad de la emancipación de todos los humanos.

La cima de aquella cultura la alcanzó Kant cuando ancló racionalmente la igualdad y la solidaridad humanas en la autonomía moral, sabiendo él mismo que el ejercicio de tal autonomía, sin embargo, no es naturalmente espontáneo sino que debe ser educado. Los alumnos deben saber además que la Revolución francesa fue decisiva (al margen de sus crueldades injustificables) para dar el paso necesario desde la autonomía moral a la soberanía popular. Bajo el impulso de las ideas ilustradas se formó la Asamblea Nacional francesa la cual proclamó la soberanía del pueblo y formuló la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, poniendo así para nosotros la primera piedra del catálogo actual de Derechos Humanos. ¿Cómo se puede ignorar todo eso, si de lo que se trata es de la educación para la ciudadanía? Por favor, no convirtamos los planes de estudio en instrumentos de ignorancia consolidada.Y pregunten, si no, los pedagogos a Comenius y a Pestalozzi.

En resumen, la ética manda primero ingresar en el orden civil para no quedarse ella misma en música celestial. Y manda a continuación que el orden civil sea democrático porque vivimos y viviremos en una sociedad plural.

Estos son los valores básicos y mínimos que se deben enseñar, si no queremos perdernos en el bosque de la pluralidad de valores. La transversalidad no puede ser un recurso ingenioso para esquivar el exceso de asignaturas y de horas de clase ¿O será que el patriotismo catalán (mi razón no quiere ni pensarlo) obliga a disentir de los planes del ministerio? ¿O quizá en la actual conselleria se sigue el criterio de un alto cargo del departamento en la legislatura anterior que quería barrer de los planes de estudios la superstición (decía él) de la Filosofía?

*RAMÓN VALLS, profesor de Filosofía

Por Ramón Valls

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