Educación laica para la diferencia

* Andrés Montero Gómez es Presidente de la Sociedad Española de Psicología de la Violencia


La educación será el factor crítico de desarrollo en la sociedad del futuro. No lo será tanto el acceso a la información, como dicen, sino las herramientas a partir de las cuales procesar la información a la que se accede. Y esas habilidades las aporta la educación, la educación formal.

Hace no demasiado Emmanuel Todd, un historiador y demógrafo francés, escribía un ensayo sobre la educación y su influencia en el progreso de las ciudadanías del futuro. Afirmaba que en nuestro horizonte social se producirán fracturas derivadas del cultivo diferencial de la educación. En España cambiamos la leyes orgánicas de educación cada legislatura, tenemos una deriva centrífuga instalada en los curricula educativos de las comunidades autónomas, mientras en Francia queman vehículos y en Finlandia exigen una nota media de 9 en el bachillerato para que un alumno preuniversitario acceda a cursar estudios de magisterio, que duran seis años de carrera.

Aunque todavía existe una abundante proporción de población iletrada en Internet, por ejemplo, la información es accesible y lo será todavía más en la medida que la telefonía móvil converja en sinergia casi indivisible con la red. Las tecnologías de la información y la comunicación ponen ya en contacto a poblaciones del mundo más deprimido con aquellas otras del desarrollado y avanzado. En parte a través de esa comunicación, se generan flujos migratorios azuzados por la construcción perceptiva de realidades multimedia. Pues bien, el acceso no es un problema, sino el cómo se interpreta la información disponible.

La calidad educativa producirá fracturas. Ya las está produciendo y España tiene unos nefastos indicadores sectoriales al respecto. Cómo tendremos la salud ciudadana que en vez de preguntarnos sobre cuál será la mejor articulación para lograr que la educación sea una política de Estado, todavía estamos dirimiendo si en nuestras curricula formales debe o no incluirse asignatura religiosa. Nuestro atraso conceptual es antológico.

La religión debería extraerse del sistema educativo público y derivarse a circuitos particulares y propios. Que una familia considera que el niño o la niña deben recibir algún tipo de doctrina religiosa, que busque el tiempo extraescolar para matricularlos en catequesis católica, musulmana, judaica, budista o védica. Es de sentido común. Y las estructuras burocráticas de las confesiones deberían estar encantadas de impartir esas enseñanzas. También puede recurrirse a la escuela privada, con un menú a la carta que incorpore segmentos de conocimiento confesionales. El tiempo dedicado en las escuelas públicas a educación religiosa, que se asigne a la formación en ciudadanía, asignatura de la que incluso los adultos más progresistas estamos necesitados. Así se concilia el derecho a ser religioso con la necesidad demócrata liberal de mantener la educación pública liberada de servidumbres confesionales de cualquiera índole.

Otro aspecto capital de la educación formal del futuro, en las democracias liberales globalizadas, tiene que ver con la idea de igualdad, con la educación para la igualdad. Realmente, estoy persuadido de que se trata de un planteamiento que nunca se ha abordado con inteligencia y con el mínimo respeto a la biodiversidad del ser humano. Uno de los malos entendidos, de las perversiones si quieren, más insidiosas del ideario democrático tiene que ver con la igualdad. En nuestras sociedades, la igualdad real y social entre seres humanos libres ha estado derivando durante décadas hacia la uniformización. Pensamiento único, consumo, comportamientos estereotipados, hasta llegar a la era de lo políticamente correcto. El error, a mi juicio, radica en el discernimiento o, por mejor decir, en la falta de discernimiento entre ’ser’ iguales y ’estar’ iguales, una disyuntiva semántica en donde el castellano tiene ventaja semiológica sobre otras lenguas.

Bajo la democracia, ’estamos’ iguales dentro de nuestras diferencias, en los límites de las cuales ’somos’ distintos. Aprecien la belleza ontológica del juego de palabras. Nuestra libertad acaba donde comienza la libertad del otro nuestra diferencia termina en la igualdad referencial que compartimos con el otro para gestar, para generar, el espacio social colectivo. Pues bien, hemos sido incapaces, todavía, de trasladar esa idea al sistema educativo público y articularla en un proceso resolutivo. Y hemos sido incapaces porque el agente socializador por excelencia, la familia, tampoco lo tiene nada claro.

El ciudadano medio cree que ’estar’ igual, en términos democráticos, es equivalente a ’ser’ igual. La igualdad democrática, ese ’estar’ democrático, se traduce, en general, en el reconocimiento de los mismos derechos y las mismas oportunidades para todos y todas en el marco de la ciudadanía, por encima de diferencias individuales. El axioma tan básico se confunde, a menudo, con la idea de que tenemos que actuar como si nuestros comportamientos tuvieran que converger, que ser iguales, como si nuestras personalidades e identidades no fueran significativas en la realidad social.

De este modo, se le pide al niño que se comporte igual que los demás, pero al mismo tiempo se alaban sus ojos azules o su cabello rubio o su altura (su diferencia) en detrimento de niños o niñas con rasgos más latinos, más oscuros. El mensaje que reciben unos y otros niños es que son diferentes, pero que se les pide que sean iguales. No se les enseña a amar la diferencia, su diferencia, y tampoco la naturaleza de la igualdad que se les demanda, que es social y no individual, pero que desde pequeños están viviendo como individual y no como social porque así les trasladan el mensaje los adultos a su alrededor. De ese modo, existen multitud de pacientes en las consultas de Psicología cuyo principal agujero personal es no aceptar quiénes son ni cémo son. Eso en un plano individual. Porque en una dimensión más social, ese déficit de amor y aceptación a nosotros mismos se bifurca hacia la no aceptación de la diferencia ajena, que quiere hacerse pasar a toda costa por el tamiz de la uniformización.

No es necesario subrayar el obstáculo que supone todo este guirigay educativo e identitario para la integración global de inmigrantes con otras pautas culturales. Estos inmigrantes desconocen a menudo que existe un espacio común, colectivo, social, donde es necesario encontrar vectores de convergencia para ’estar’ como iguales. Las sociedades de acogida, al tiempo, adolecen de insensibilidad para entender que ’son’ diferentes y que esas diferencias necesitan de su respeto, al tiempo que de vehiculizaciones para su canalización saludable y compartida. Nada de esto se enseña, porque nuestra educación para la igualdad no es más que educación para la uniformidad.


Por Andrés Montero Gómez

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