Educación afectiva y sexual en los centros de Secundaria: Consentimiento y coeducación

Este artículo pretende resaltar la importancia del análisis del consentimiento a la hora de abordar la educación en las relaciones afectivas y sexuales con los adolescentes y jóvenes de Enseñanza Secundaria desde una perspectiva no androcéntrica.Los escasos estudios empíricos realizados en nuestro país en torno al binomio coerción/ consentimiento nos muestran cifras preocupantes respecto a chicas -casi al mitad de las encuestadas- que afirman haber padecido distintos grados de coerción por parte de chicos conocidos por ellas a la hora de tener relaciones sexuales. Las mismas fuentes nos informan de una correlación positiva entre coerción y creencias en torno a los estereotipos de género como que el deseo de los varones es un impulso incontenible o que una negativa de una chica es una aceptación aplazada. Se completa el artículo con un análisis de revistas para chicas que constituyen su principal fuente de información sexual y con un esbozo histórico del concepto de consentimiento.


Un elemento crucial de una educación afectivo sexual coeducativa es el consentimiento. En este artículo nos proponemos analizar la importancia del consentimiento a la hora de abordar la educación para las relaciones afectivas y sexuales en nuestros jóvenes, como eje de la formación en y para la igualdad entre chicos y chicas. En él trataremos de mostrar a las personas educadoras que se ocupan de estos temas la necesidad de analizar los contextos en los que se producen las relaciones sexuales entre adolescentes, de modo que podamos eliminar de ellos toda situación coercitiva que impida unas relaciones libres e igualitarias entre chicas y chicos.

La mayoría de los países regulan legalmente la edad del consentimiento sexual y/o del matrimonio, aunque en este último caso muchos hacen la excepción del consentimiento paterno, es decir, la edad del matrimonio puede ser rebajada si existe consentimiento paterno. Los países que contemplan una edad mínima para tener relaciones sexuales suelen situar ésta entre los 12 y los 16 años, aunque en ciertos casos como, por ejemplo, en algunos estados de Estados Unidos se exigen 18 años para poder otorgar consentimiento a las relaciones sexuales. Así, países como Méjico la sitúa en los 12 años, Chile en 14, Suecia 15 o Noruega 16. En España la edad mínima para el consentimiento sexual es de trece años. No deja de sorprendernos la fuerte infantilización y sobreprotección de nuestro alumnado y, por otro lado, su capacitación para consentir en relaciones sexuales. Casi podríamos decir que es el primer derecho de adultos que se les concede, pues han de esperar tres años para poder trabajar y cinco para poder votar o tener carnet de conducir.

Otro asunto es el contexto de este consentimiento: con quién, con qué formación y en qué situación. La consideración de con quién relativizaría o haría depender la edad mínima para la relación sexual de la edad de la persona con quien se mantiene dicha relación. El riesgo de que el consentimiento quede bastante desvirtuado en los casos en los que hay una diferencia considerable de edad y una de las partes es menor, es grande, pues el ejercicio del poder por medio de la persuasión nos lleva a pensar que el consentimiento en relaciones sexuales tenga lugar bajo algún tipo de presión, sin olvidar casos extremos en los que el menor o la menor esté en situación de desamparo familiar o pobreza, factores que aumentan su vulnerabilidad.

Pero por eso nos parece importante analizar el contexto del consentimiento desde la educación, pues, aunque no estemos ante estos casos extremos de vulnerabilidad, la formación de la que disponga nuestro alumnado en materia de afectividad y sexualidad va condicionar que el consentimiento sea otorgado desde la libertad y, por tanto, válido moralmente. Hemos de pensar el contexto del consentimiento en las relaciones sexuales entre iguales, porque, en primer lugar, son jóvenes de ambos sexos a quienes debemos educar; en segundo lugar, porque las relaciones entre iguales son más frecuentes que aquellas en las que hay una significativa diferencia de edad, y, en tercer lugar, porque, entre iguales en edad y formación también se da sexismo, desde el momento en el que en las relaciones heterosexuales se concede prioridad al punto de vista de los chicos.

En este sentido, creemos que el análisis del concepto de consentimiento es de sumo interés a la hora de abordar una educación afectiva y sexual que sea coeducativa, que eduque a los chicos para que no ejerzan el poder sobre las chicas y a éstas para detectarlo y, por ende, evitarlo. La tarea, ya sabemos, no es fácil, porque los deseos, en general, pueden ser contradictorios y difíciles de reconocer, y la sexualidad es un campo de alta vulnerabilidad en la mayoría de las ocasiones y para todo el mundo. Pero todo ello no puede llevar a que las jóvenes heterosexuales permitan a sus parejas definir sus vidas sexuales, muchas veces bajo el paraguas social del amor romántico.

En la actualidad, coeducación y educación afectiva y sexual comparten el triste destino de ocupar los márgenes de los programas de educación, pues, tanto una como otra, figuran en los documentos oficiales como objetivos solamente en el apartado de la formación en valores transversales, esto es, que el alumnado de Secundaria al acabar esa etapa debería estar habilitado en el no sexismo, la no homofobia y el no racismo. Y sin embargo, ¿cómo puede ocurrir esto, salvados sean los milagros, después de años de estudiar unas materias que nunca abordan estos temas?

La verdadera transversalidad exige una revisión a fondo de los curriculos, tanto en la selección de contenidos como en la manera de abordarlos. De lo contrario, la llamada formación en valores no pasa de ser letra muerta en documentos oficiales que en el mejor de los casos anima a algún enseñante a introducir a propósitos respecto a la misoginia de algún autor, a la homosexualidad de algún otro o al antisemitismo de Hitler.

Algunas consejerías de Educación y/o de Salud, conscientes de que la transversalidad está desapareciendo casi totalmente en las diferentes materias y sabedoras del índice de embarazos no deseados entre adolescentes y jóvenes, están fomentando proyectos para la educación afectiva y sexual no como materia al lado de las otras, sino como un conjunto de actividades que se nutren, bien de profesorado voluntario que las realiza en horas de tutoría, o bien de personal especializado que acude al Centro a dar charlas o talleres al alumnado. El desarrollo en algunos centros educativos de proyectos de educación afectiva y sexual sería un camino intermedio entre la verdadera transversalidad y la implantación de una materia nueva (asunto, por otra parte, problemático dada la abundancia de materias que cursa el alumnado de Secundaria)

Una educación afectiva y sexual llevada a cabo principalmente por el profesorado del centro posibilitaría que la formación tuviese un enfoque y una secuenciación coherente y que, a su vez, fuera herramienta para la formación del profesorado implicado, que cumpliría fielmente el modelo enseñanza-aprendizaje y allanaría el camino hacia una verdadera transversalidad de los temas relativos a los afectos y a la sexualidad, que estén presentes en las diferentes materias. Entre los elementos imprescindibles de coherencia tenemos que contar con la perspectiva coeducativa pues, si bien es necesaria en todas las materias, en el campo de los afectos y de la sexualidad es imprescindible, ya que el sexismo articula en gran medida las relaciones entre las y los jóvenes. Es un sexismo difícil de detectar, a no ser ya en casos extremos como pueda ser la violencia física, pues, por un lado, se disfraza de amor o de pasión y, por el otro, se da en un terreno especialmente sensible a expectativas de satisfacción y autoestima, por lo que los resultados pueden ser devastadores y, por tanto, contrarios a la salud, tanto física como mental.

El profesorado tiene, así, el reto de romper los modelos androcéntricos que prevalecen en nuestra sociedad y fomentar la autonomía del alumnado. La eliminación del sexismo y la autonomía conducirán a que quienes legalmente pueden dar consentimiento, lo hagan también con conocimiento de causa, mejor dicho, de efecto. Cuando hablamos de autonomía, nos referimos a que el consentimiento sea otorgado a los actos de la relación sexual por desearlos en sí mismos y considerar que se está en condiciones de satisfacerlos, sin atender a otras razones que a veces se remiten a la presión del grupo de iguales, como puede ser “qué dirá o dirán”, que es el caso de muchas chicas, o “qué diré o contaré” que es el caso de muchos chicos.

Hablamos de eliminación del sexismo, porque la pervivencia de estereotipos sexistas en nuestra sociedad goza todavía de buena salud en todos los ámbitos y en la juventud es, en el ámbito de la afectividad y de la sexualidad donde perviven con frecuencia, ya que otras esferas, como pueden ser la laboral o la política, donde el sexismo da ventaja a los varones, quedan fuera de su experiencia, aunque formen parte del mundo que les rodea, empezando por su familia. Por otro lado, en los campos laboral y político, nuestras legislaciones han hecho avances importantes en pos de la igualdad (como medidas a favor de la paridad entre varones y mujeres, o de conciliación empleo y familia), que aunque no cambian automáticamente la vivencia de la desigualdad, contribuyen a ello y tienen la virtud pedagógica de desvelar la existencia de tales situaciones de desigualdad.

También existen en nuestro país leyes contra la violencia de los varones hacia las mujeres con las que han tenido o tienen una relación sentimental, pero las situaciones a las que se refiere la ley son percibidas por la juventud como algo lejano, algo que le pasa a gente mayor que es un poco tonta -en el caso de las mujeres víctimas- o muy bruta -en el caso de los varones agresores-. Pero como ni ellas son tontas ni ellos son brutos, eso no les va a ocurrir.

En este sentido, la socióloga Jónasdóttir se pregunta con buen criterio por qué en las sociedades democráticas el patriarcado goza de tan buena salud, a pesar de los cambios habidos en las legislaciones. Ella misma responde que lo que apuntala el patriarcado en estas sociedades es el amor. Por amor entiende la autora tanto éxtasis erótico como los cuidados:

[El amor] Hace referencia a las capacidades de los seres humanos, poderes, para hacer y rehacer su especie, no sólo literalmente en la procreación y socialización de los niños, sino también en la creación y recreación de adultos como existencias socio-sexuales individualizadas y personificadas [1] (1993: 311).

En las sociedades occidentales modernas, continúa la autora, el poder de los varones reprime a las mujeres a la vez que estimula aspectos reprimidos hasta épocas muy recientes como pueden ser la exhibición de determinadas partes corporales. Pero la igualdad y la libertad en aspectos que pueden ser útiles a los varones no elimina la subordinación:

Mi punto de vista es que el argumento de la utilidad es mucho más crucial hoy como medio de la opresión, al reforzar el patriarcado en la sociedad individualizada, que el otro tipo de argumento que asignaba a la mujer una naturaleza inferior. Y evitar que el poder masculino decida cuándo las mujeres resultan útiles o no en los contextos e instancias diferentes de la sociedad sería una precondición necesaria para la puesta en práctica de una sociedad que merezca la pena para las mujeres (1993: 318-319).

Para esta autora hay tres tipos de poderes, en el sentido de capacidades que inducen a cambios históricos:

Capacidad para actuar voluntaria y racionalmente con fines colectivos.

Capacidad laboral para crear cosas nuevas.

Capacidad de amor.

El primero es controlado por el Estado, el segundo por las clases gobernantes y el tercero por los varones:

Mi presunción es que el amor humano, especialmente durante la última mitad de este siglo [siglo XX] tiene un rango comparable al del trabajo humano en el siglo XVIII” (1993: 313).

Nada hay, dice Jónasdóttir, que obligue a las mujeres a amar, pero existen fuerzas que las llevan a ello, pues las mujeres necesitan amar y ser amadas para habilitarse como personas. Frente a esto, el varón no depende de los encuentros sexuales para habilitarse como persona:

Los que se encuentran son, en pocas palabras, las mujeres como seres sexuales y los hombres como autoridades personales […] Como el capitalista debe explotar al trabajador para permanecer como tal, los hombres dependen de un “tráfico de mujeres” que explotar si tienen que seguir siendo la clase de hombres que las circunstancias los fuerzan a ser. En ningún caso esta fuerza estructural excluye la posibilidad de otras clases de acuerdos socio-económicos y socio-sexuales para existir como modos dominantes de la producción económica sexo-genérica respectivamente (1993: 315-316).

El análisis que hace Jónasdóttir de la sociedad en general, podemos verlo reproducido en la juventud, pues a la vez que existe una mayor permisividad que en épocas precedentes en lo que a la sexualidad se refiere, ésta sigue sujeta a los estereotipos de una sexualidad tradicional en la que las relaciones sexuales siempre son heterosexuales y centradas en el coito, vistas fundamentalmente desde el placer de los chicos heterosexuales, obviando cualquier otro tipo de relación heterosexual, así como las relaciones homosexuales.

Esta mayor permisividad hacia las relaciones sexuales entre los jóvenes hace que sean más frecuentes, y que sea pertinente una formación-información sexual que muchas veces se centra en evitar consecuencias no queridas de las relaciones afectivo-sexuales, como los embarazos no deseados y las enfermedades de transmisión sexual (ETS), y el SIDA, la más temida de todas ellas. Asuntos importantes, sobremanera si nos hacemos eco de las encuestas que nos informan del incremento de la utilización entre nuestras jóvenes de la píldora del día después e interrupciones voluntarias de embarazo, así como el aumento de las ETS para ambos sexos. Y esto cuando la información sexual referente a anticonceptivos tiene lugar a edad temprana, pues la mayoría de las chicas reciben información sobre anticonceptivos antes de los quince años [2]. Podemos preguntarnos cómo es posible tal contradicción entre aumento de información y persistencia de las llamadas conductas de riesgo. La respuesta radica en que una mera información sanitaria sobre riesgos y remedios para ellos no da como resultado un cambio de actitud entre nuestra juventud. Es condición necesaria, pero no suficiente.

Pero si el daño en estos casos que comentamos de embarazos no deseados y ETS es objetivable, no así ocurre con el daño ocasionado por padecer relaciones consentidas (en el sentido de que en éstas no hay negativa clara o que esa negativa no se interpreta como tal, pero en todo caso no son plenamente deseadas; las que no se tipifican como violación, pero en las que el consentimiento puede ser puesto en cuestión debido al contexto). Y entre los factores de contexto tenemos que poner en primer lugar la sociedad patriarcal en la que vivimos y la educación sexista y androcéntrica que transmitimos.

Que la coerción hacia las jóvenes por parte de sus iguales varones es ingrediente de gran número de relaciones sexuales es algo que, aparte de desprenderse de los relatos de las propias jóvenes, viene avalado por las estadísticas que, aunque escasas en nuestro país, son significativas. Que sean escasas nos remite a la habitual creencia que establece la dicotomía entre relación sexual consentida -buena- y violación -mala-, teniendo que objetivarse ésta en evidencias de forcejeo (como pueden ser desgarros de ropa, o incluso lesiones) como muestra del no consentimiento. Pero esas evidencias dejarían en la oscuridad aquellas relaciones en las que no se puede hablar de un consentimiento pleno por haber algún tipo de condicionante coercitivo. En España disponemos de dos estadísticas, una de la Comunidad de Madrid del año 2000 y otra de la Universidad de Salamanca del 2004 (realizado por Ramos, Fuertes y De La Orden). En ambas, aunque ya suponíamos la existencia del fenómeno, no dejan de sorprendernos los altos porcentajes que resultan de la situación de las chicas que han mantenido relaciones sexuales bajo coerción.

En el primer estudio, un 37% de mujeres afirma haber estado implicadas en alguna situación de relación sexual coercitiva por parte de un varón conocido. En el segundo caso, realizado entre estudiantes universitarias y de secundaria, con una media de edad de 19,7, arroja la cifra alarmante de un 42,7 % de mujeres que ha padecido coerción por parte de algún conocido y, de éstas, un 67,64 en más de una ocasión. La coacción padecida por las chicas va desde la continua insistencia y presión verbal, la incitación al consumo de alcohol y drogas y la violencia física, cuya cifra, teniendo en cuenta la gravedad del asunto, tampoco es despreciable: 6,7%.

En la encuesta se registran y cruzan datos sobre la edad, tipo de relación sexual -besos, caricias, coito…- tipo de coerción -presión verbal, incitación al consumo de drogas o fuerza física- y creencias en torno a los estereotipos de género, la sexualidad y la coerción sexual. El resultado es que hay una correlación positiva entre quienes habían padecido relaciones sexuales bajo algún tipo de coerción y quienes tenían unas creencias estereotipadas tradicionales sobre los comportamientos de varones y mujeres, que en el estudio que comentamos se denomina “ideología extrema de género”. Dentro de estas creencias estereotipadas está la de que una mujer con frecuencia dice no a una relación sexual cuando realmente la desea.

Las explicaciones psicológicas que dan los autores del presente estudio respecto al hecho de ser víctima de las propias creencias son, por un lado, que las mujeres tradicionales se sienten atraídas por el prototipo de varón masculino machista y, por otro lado, el que consideran prioritario para su desarrollo personal el establecer relaciones de pareja. Factores que disminuyen la percepción del riesgo e incluso, podemos añadir, dificultan la calificación de la situación como coercitiva.

En la relación entre haber padecido coerción y la creencia de que el no es un ingrediente de la seducción, hemos de distinguir entre decir no a cualquier tipo de relación sexual con alguien, decir no a una determinada relación sexual o decir no a continuar una relación. Aunque en el estudio aparecen por separado la llamada “ideología de género extrema” y la pérdida del derecho a decir no, conceptualmente están unidas, pues la negación a las mujeres del derecho a decir no es uno de los ingredientes del patriarcado o “ideología de género extrema”, en la terminología del estudio que comentamos. Las mismas jóvenes y adolescentes del estudio que se han visto implicadas en casos de coerción consideran que las mujeres pierden derecho a decir no una vez que se han superado ciertos límites en una relación, es decir que la relación una vez iniciada ha de completarse, y que lo que se entiende por una relación sexual completa es el coito.

Tal como señalan los autores de ese ilustrativo y alarmante estudio, estamos ante un problema social, sexual, -diríamos parafraseando a Pateman- y máxime cuando las encuestadas son jóvenes universitarias o de enseñanza secundaria, es decir, con un cierto grado de formación académica, que, sin embargo, no las libra de ser víctimas de la presión, chantaje o violencia física. Es de suponer que si la encuesta tuviese lugar en sectores de similar edad no escolarizados las cifras serían más alarmantes.

Por otro lado, tenemos que considerar que el alto grado de presión que padecen las chicas para tener relaciones sexuales no implica que no quieran tenerlas, sino que no quieren tener esas relaciones o con esa persona o en ese momento. Además, el hecho de que estemos hablando de presiones de conocidos o, al menos de pertenecientes al grupo de conocidos -desde parejas hasta individuos que nos acaban de presentar- y no de asalto en lugares oscuros por parte de desconocidos, como sería la imagen típica y tópica de la violación, nos indica que estamos ante un campo más ambiguo, difícil de percibir y, posiblemente, también de verbalizar, pues no es hablar de algo espectacular, sino de algo tejido en la vida cotidiana en el importante y, muchas veces ambiguo, ámbito de los afectos y la sexualidad con conocidos o incluso parejas.

Como decíamos más arriba, tenemos un problema sexual, puesto que esta situación de presión soterrada, consentida y no manifestada (tal como ocurría hasta épocas recientes con las mujeres adultas maltratadas por sus parejas), constituye la mejor academia para la preparación de la violencia machista de los varones contra las mujeres con las que tienen o han tenido algún lazo sentimental y la aceptación por parte de ellas.

Estaríamos consintiendo, de ese modo, que los varones conciban la coerción como un buen método de convencimiento y que las mujeres ni siquiera la perciban o que la perciban como lo normal de una relación, de modo que podemos imaginar que una adolescente o joven, ante la pregunta de si ha sido forzada a alguna relación sexual, responda lo que aquella señora que, ante la pregunta del juez de si su marido le pegaba, respondió que le pegaba “lo normal” [3]. Nuestra hipotética chica respondería “me fuerza lo normal”.

La ausencia o escasez de formación reglada para los jóvenes en materia de educación afectiva y sexual coincide con una abundante bibliografía de revistas dirigidas expresamente a las chicas en las que los temas estrella son: moda, sexo, amor e imagen [4]. Los chicos en España no disponen de publicaciones paralelas, pues las dirigidas a ellos son de videojuegos y motor. De este modo, el mensaje social es que ellas son quienes necesitan formarse-informarse sobre estas cuestiones, mientras que los chicos lo saben por naturaleza. Una información común a chicas y a chicos son las series de televisión y las películas [5].

En estas revistas para chicas observamos la combinación de libertad y desenfado sexual con la reproducción de estereotipos tradicionales. Bien es verdad que tienen como aspecto positivo abordar temas sexuales de una forma directa y abierta, pero la manera de tratarlos adolece de un fuerte sexismo. La jovialidad que rezuman estas revistas convierte cualquier situación en mero problemilla que siempre tiene final feliz marcado por la venida de algún redentor. Todas las secciones están enfocadas a cómo tener éxito con los chicos a los que se pinta como tipos un poco bobos a los que se puede seducir. Todo es alegre, jovial y festivo si te vistes a la moda, eres mona y no tienes prejuicios. Si hay algún revés, éste figura en los apartados de los testimonios o historias excepcionales, pero al final el amor todo lo salva. Un ejemplo podemos verlo en la revista You (nº 114, octubre de 2006), que leen gran número de chicas a partir de los trece años.

En la sección “you & tu historia” a través de una carta anónima -lo que da pie para dudar de la veracidad del escrito-, podemos leer el relato de una chica que se enamora de su profesor de matemáticas, se queda embarazada a los tres meses y el día que se entera del embarazo no acude a la cita que tenían prevista, porque se le “vino el mundo encima”, pero “pasada una semana me dio un subidón y me presenté en su casa. Su mujer me abrió la puerta” [6]. El profesor finge que es la visita de una alumna a la que ha de acompañar a la biblioteca y, una vez que llegan a un parque, le cuenta su embarazo, noticia que hace salir corriendo al profesor y que no vuelva a darle noticias hasta cinco meses después, cuando la llama para anunciarle que ya se ha divorciado y quiere irse a vivir con ella. La alumna “no sabía si creerle, pero en ese momento todo el odio que sentía hacia él se convirtió en amor” [7].

. Al año de nacer la niña, ella se sentía muy molesta porque no tenían mucho dinero y él se iba siempre de fiesta, así que le manifiesta su deseo de separase, pero él le dice que en ese caso nunca más se verían. Ante tal respuesta, lleva a la niña con sus padres y vuelve con él hasta que un día encuentra una nota en la que él le comunica que vuelve con su ex mujer y que se hará cargo de la niña. Ante este panorama ¿qué ocurre? Pues, nada más ni nada menos, que al cabo de un año, ella conoce a un chico con el que ahora está viviendo “una historia muy bonita y están pensando en boda”.

Sea o no verdad esta historia, el caso es que la revista la presenta como una historia ejemplar en la que una chica es hundida por su profesor de matemáticas y salvada luego por un estudiante de medicina (ocupación del segundo novio), con el que está viviendo actualmente una “bonita historia”. Un modelo en el que una chica seduce y el profesor se deja seducir hasta que la cosa se complica y, después de dudas (pues se va a vivir con ella un tiempo), se marcha y ella, que había sido tan atrevida al insinuársele, se queda desolada hasta que conoce a otro que “la ayuda a pasar página” ¿Se puede hablar de pasar página cuando se es una madre adolescente? No nos referimos a que tenga que lamentarse constantemente, sino a que en la historia no aparece ningún otro aspecto de su vida relevante: ni trabajo, ni estudios, ni siquiera la crianza de su hija, pues la imagen construida es de “chica para y por el amor”.

La revista invita a las chicas a participar en la sección diciendo “si quieres ser tú la protagonista” cuando en la historia la chica es cualquier cosa menos protagonista, pues lo que cuenta de su vida es fruto de la ignorancia: se queda embarazada sin pretenderlo, y todos sus cambios ocurren por las decisiones de otros, pues la vez que ella le manifiesta a él su deseo de separarse, cambia de parecer ante las amenazas de él de que no volverán a verse.

La revista cuando aporta consejos y no testimonios -reales o ficticios- destinados a las chicas que salen con chicos de similar edad, las insta a mantener una postura activa, pero con mucho cuidado de no molestarlos, porque si se molestan se pueden ir. Hay que operar con cautela. Así, en las pautas que da para cuando una chica y un chico empiezan a salir juntos, se dice que la chica ha de usar sus armas de mujer para poder tener éxito. En el mismo sentido, en otro número de la revista You (60, Abril de 2002) se indica que a los chicos hay una serie de preguntas que plantearles al inicio de una relación, pero estas preguntas han de hacerse de una manera velada, porque “el género masculino suele asustarse cuando intuye que su ligue o chica quiere informarse sobre temas muy personales y los ataques paranoicos ante el compromiso son muy habituales”. Son “preguntas imprescindibles que debes hacer a tu chico”, pero han de hacerse “¡sin que se dé cuenta!”. Las preguntas personales que la revista cita son: si sale con otras chicas, cómo son sus amigos, si se ha hecho las pruebas del SIDA y qué piensa del futuro de la relación. Las chicas no pueden preguntar abiertamente, porque los chicos “se pueden asustar”. Así, para que los chicos no se asusten, recomienda las siguientes triquiñuelas:

Para la primera pregunta recomienda: “espera a tener un momento tranquilo y gástale alguna broma sobre la posibilidad de que se vea con otras. En el caso de que le propongas ir al cine, dile algo como: bueno, eso si no tienes otro compromiso con alguna de tus admiradoras, claro”.

Para el segundo caso -conocer a sus amigos- hay que esperar a que nos hable de “la hazaña de turno de fulanito”. El consejo es: “coméntale que no le puedes dar tu opinión, ya que no lo conoces”.

Para la prueba del SIDA hay que esperar un ambiente relajado, pero nunca en la cama, porque aquí “provocarías un corte tan frío como innecesario”. El consejo es “coméntale que te hiciste la prueba con algunas de tus amigas y que lo pasasteis fatal esperando los resultados. A continuación, como quien no quiere la cosa, le preguntas si a él le ha pasado lo mismo”.

Llegamos a la cuarta y última pregunta “¿crees que lo nuestro tiene futuro?” Veamos el rodeo porque, obviamente, no puede preguntarse así: “pregúntale entre risas si eres el tipo de chica con la que compartiría su vida… lo lógico es que te siga la broma y fantasee sobre un futuro contigo. Evidentemente, esto no te da ninguna garantía, pero el hecho de que no te haya puesto mala cara indica que, además de que el chico tiene buen sentido del humor, la vuestra es una relación sólida”.

Resulta de sumo interés para ver el modelo de relación que propone la revista el consejo de que la chica ha de esperar el momento oportuno para hacer preguntas que no molesten. No es que despreciemos las habilidades comunicativas en la relación, sino el hecho de que éstas descansen en la chica, al entrenarla en “comprender” que el chico tiene miedo al compromiso, a la vez que ella desea este mismo compromiso. En definitiva, las preguntas son “imprescindibles”, pero hay que hacérselas veladamente y, por tanto, podemos quedarnos sin respuesta. ¿No es esto una manera de educar en el conformismo, la pasividad, paciencia y en la esperanza de un varón que se convertirá en salvador gracias al amor, características todas ellas típicas del arquetipo de las mujeres sumisas?

Para la construcción de géneros de una manera explícita a partir de estas revistas, aunque, como hemos dicho, ya es un proceso de construcción la propia ausencia de revistas para chicos con consejos sobre temas afectivos y sexuales, vamos a tomar como ejemplo Ragazza (nº 169, Noviembre 2003), una revista que es leída por chicas en torno a los catorce años, y que promete “hablar de las diferencias entre chico y chica en cuanto al sexo se refiere”. En el subtítulo anuncia que va a hablar del orgasmo e insta a las chicas a que tomen nota.

Veamos

Orgasmo chicas: “las chicas tardan, aproximadamente, veinte minutos en llegar al climax y, sin embargo, el momento de máximo placer sólo dura entre diez y treinta segundos”

Orgasmo chicos: “el 75% de los chicos eyacula en dos minutos después de la penetración si no se controlase. Aún así alcanzan el orgasmo antes que nosotras y después, necesitan descansar 20 minutos”.

Comentario:

La cuestión de los tiempos no tiene nada que envidiar a la de los libros de cocina: 20 minutos para llegar, entre 10 y 30 segundos para estar, dos minutos para llegar, 20 para descansar. Hemos de notar que las chicas no necesitan descansar.

Se añaden suficientes estadísticas para completar el tono d
Por Amalia González Suárez

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