Cómo ir (en silla de ruedas) a la universidad

* Fotografía: Alba Gañán en la facultad de Farmacia de la Universidad de Alcalá de Henares. (MANUEL ESCALERA)


El cielo entero parecía deshacerse en agua la mañana del último día de Selectividad. Entre los 23.000 alumnos que terminaban en Madrid el jueves pasado estas pruebas estaba Alba Gañán (17 años), que no parecía preocupase del diluvio. Tampoco estaba muy nerviosa por el examen. Normal, teniendo en cuenta que lleva una nota media de matrícula de honor en bachillerato, y para la carrera que quiere estudiar, Filología Árabe, le basta con aprobar. La máxima preocupación de Alba es, sin embargo, si podrá ir a la universidad el próximo curso. Padece distrofia muscular, una enfermedad degenerativa que la obligó a los 12 años a depender de una silla de ruedas. No puede usar sus piernas y sus brazos, a duras penas, aunque sí mueve las manos, por ejemplo, para hacer el último examen de Selectividad, de Historia del Arte.

Alba es un ejemplo del pequeñísimo porcentaje de personas con discapacidad que continúan sus estudios tras la educación obligatoria (ESO). En el curso 2003-2004, había 20 veces menos alumnos de educación especial en bachillerato que en ESO (representaban el 2% de los estudiantes de ESO, y sólo un 0,09% de los de bachillerato). Los chicos con discapacidad motórica, auditiva o visual son los que principalmente acceden a estas enseñanzas y, aún así, la cifra de estos alumnos en bachillerato se reduce un 75% respecto a la ESO, mientras, en general, la reducción ronda el 30%.

Alba no sólo ha seguido, sino que es una alumna brillante. Y quiere continuar, pero su principal obstáculo es el desplazamiento. A Selectividad, en la facultad de Farmacia de la Universidad de Alcalá, ha llegado en un taxi adaptado, en el que puede viajar con su silla de ruedas eléctrica de 90 kilos de peso. Le ha dado mil vueltas a cómo podría llegar el año que viene a la Universidad Complutense, donde ofrecen la carrera elegida, desde su localidad, San Fernando de Henares, a 17 kilómetros de la capital. El tren más cercano está descartado, porque sólo unos pocos vagones están preparados para que pueda usarlos. Con el autobús pasa lo mismo, ya que se trataría de esperar en la parada hasta que, con suerte, el que llegue esté adaptado, cuenta ella misma. La última opción, el metro, tampoco vale, como comprobó el pasado viernes junto a Esther García, profesora técnica de servicios a la comunidad de la Consejería madrileña de Educación. Fueron en taxi a la parada de metro más cercana a su casa. Bajaron hasta el andén en el ascensor, pero cuando llegó el tren, una separación de 15 centímetros entre el andén y el vagón le impidió subir.

El taxi es, pues, el único medio para que llegue al campus. Esther García ha hecho los cálculos: ir a clase le costaría unos 1.600 euros al mes (80 al día). También Esther, junto a una trabajadora social de San Fernando de Henares, ha rebuscado entre todas las ayudas posibles de todas las administraciones. La única que ha encontrado es una ayuda para transporte de la Comunidad de Madrid que asciende a 110 euros al mes. También ha gestionado para Alba una pensión no contributiva de 420 euros mensuales que empezará a cobrar en julio, cuando cumpla 18. Y la última tecla: con toda probabilidad, el próximo mes de febrero recibirá una beca de 4.200 euros por haber acabado bachillerato con matrícula de honor. Sumando, restando o dividiendo, las cuentas no salen, y el sueldo de su madre (con quien vive Alba tras la separación de sus padres) no llega para completar los 1.600 euros mensuales.

Este es precisamente el mayor problema de los chicos con discapacidad que quieren continuar su formación, según la presidenta de la Comisión de Educación de CERMI (Comité Español de Representantes de Minusválidos), María Luz Sanz: “Pasar de tener asegurados los medios de escolarización en la obligatoria a buscar entre la oferta de ayudas y becas que ofrecen las distintas administraciones”. El Ministerio de Educación no ofrece ninguna convocatoria específica para personas discapacitadas en la universidad, señala la Directora General de Cooperación Territorial, María Antonia Ozcariz. Estos alumnos, con ventajas en los baremos, eso sí, tienen que optar a las becas generales. Además, insiste Ozcariz, muchas comunidades completan estas ayudas. Y, por último, multitud de convenios con asociaciones (el principal ejemplo es la ONCE) también aportan a esta oferta.

“Hay muchos casos en que estas ayudas de transporte y material, que dependen de la renta, no sirven de nada porque no llegan a cubrir las necesidades reales”, se queja María Luz Sanz

. Parece que el caso de Alba es uno de ellos. Pero no piensa rendirse, dice momentos antes de entrar a su último examen de Selectividad. Habla de todos los obstáculos que pasa cada día para ir, simplemente, a dar un paseo, y de los que ya ha salvado, “junto a su madre” siempre, dice. Por ejemplo, con 12 años, cuando tuvo que empezar a usar la silla de ruedas y tuvo, también, que cambiar de colegio.

La secundaria la ha cursado en el Instituto Luis Braille de Coslada, un centro con educación especial para personas con discapacidad motora. El dinero del taxi para que Alba vaya a Selectividad ha salido de los presupuestos del centro. “Mientras los chicos continúan en el instituto, aunque ya no sea enseñanza obligatoria, no hay mayor problema. Pero si quieren pasar a la universidad, su situación es de desamparo total”, se queja el director del centro, Manuel Martos.

De hecho, son muy pocos los alumnos con discapacidad en los campus.

“No existen datos fiables, lo primero, por la dispersión de las fuentes”, asegura María Luz Sanz, del CERMI, organismo que se encargar de la atención educativa a personas con discapacidad mediante un convenio con el Ministerio de Educación. En 1999, la cifra de personas con algún tipo de discapacidad en los campus españoles era de 9.317, según un estudio del Instituto Nacional de Estadística (no todos ellos han pasado necesariamente por educación especial). Teniendo en cuenta que aquel año había algo más de 1,5 millones de alumnos en la universidad y que este curso la cifra es de 1,4 millones, cabe inferir que el número de matriculados será hoy similar. Si tomamos como ejemplo los alumnos discapacitados de la Complutense, el 10,5% sufren discapacidad auditiva, el 19%, visual (el colectivo con más dificultades, según los expertos), el 30%, motriz, y el resto está sin especificar.

La mayoría de universitarios con discapacidad estudia a distancia en la UNED, según esos últimos datos del INE. Pero Alba se resiste. “Quiero ir a clase, hacer vida universitaria”, aunque admite, descorazonada, que posiblemente tenga que hacer, al menos el primer curso de la carrera, en la UNED. A no ser que ocurra un milagro. Las trabajadoras sociales que la ayudan se han dirigido a la obra social de Caja Madrid, de la Caixa, del BBK, a Renfe… También el Ayuntamiento de San Fernando de Henares ha expresado en el pleno su interés por encontrar una solución.

Sonriente siempre, justo antes de entrar al examen, Alba también explica por qué ha elegido Filología Árabe. “Me encanta su literatura, y además tiene mucho futuro”. Charlar un rato con ella es comprender que es una lectora incansable. También escribe relatos. “Me gustaría ser escritora”, admite, un poco tímidamente, bajando la vista y enseñando de nuevo su sonrisa.

El martes (mañana) tiene una cita en la oficina de integración para personas con discapacidad de la Complutense. Si Alba por fin encuentra la manera de llegar hasta el campus, este servicio le ofrecerá el apoyo de un becario que le ayude a tomar los apuntes o a ir al baño

. La mayoría de las universidades, además de eximir del pago de la matrícula, cuentan con algún organismo encargado de prestar estos servicios, bien por medio de voluntariado, bien a cambio de créditos de estudio. A pesar de ello, sigue habiendo quejas. “En general, la accesibilidad física está hecha, hay más sensibilidad. Ahora hay que facilitar el acceso a las nuevas tecnologías, mejorar los servicios de intérpretes, los tomadores de apuntes…”, asegura María Luz Sanz, de CERMI.

A las 12.00 de la mañana, Alba termina el último examen de Selectividad. No le ha salido mal. Además, tras la tromba de agua, por fin ha salido el sol. Y Alba sigue adelante.

Fuente: El País. Educación


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